Pedro estira el palo del plumero como un mago, quiere llegar hasta el ángulo de la ventana y ensarta la punta para desarmar el nido. Unos horneros insisten en hacer ahí su casa pero Pedro se resiste por el motor del aire, porque hay árboles, porque esa pared es suya.

Cada casa tiene un mismo modo de llamarlos: la que pide, el que pide, los que piden, las que piden. Pasan a diario por cada puerta y una voz grita a la madre que pregunta:

-“¿quién es?”

- “es la que pide”.

Llévale esto o decile que hoy no hay nada son las respuestas posibles. Invariables. El matiz puede agregar que no venga más a la siesta, que pase solo los viernes, que el sábado le junta ropa.

Hace dos años Sofi iba adentro de un cochecito desvencijado y se asomaba con el pelo como una lana enredada. Tenía dos años cuando la conocí. Ahora tiene cuatro y un hermanito más que ocupa su lugar en el mismo carro. La mamá es flaca como un tronco de limonero. Tiene siempre ganas de sonreír. El hijo mayor de unos siete años camina delante de ella. Anda con los tres gurises por la zona todos los días y las noches. Toca todos los timbres y pregunta con buen modo, como si estuviese yendo a comprar flores la voz no le cambia. Cuando no recibe nada se va a los conteiner y revisa con paciencia cada bolsa. La imagino haciéndolo. Hay paisajes que nos negamos ver. Preferimos pegar un grito y sacar cualquier cosa de la alacena. Preferimos una mínima forma de autocomplacernos con nuestra buena conducta antes de llegar más al fondo, de implicarnos, de saber un poco más y mejor.

En mi pueblo La Sole Pan era una nena con algún nivel de retraso mental que salía y decía: “Dame pan”. Como hablaba con dificultad se escuchaba solo “amepan” y se autollamba “shole”. En las misas se ponía siempre atrás de mi mamá o al lado, a mi me daba celos y a veces risa. Le preguntaba por mi hermano y la abrazaba. Durante un tiempo desapareció y la madre la buscó desesperada hasta encontrarla. Nunca supe qué fue lo que le pasó. Nunca vi a nadie más que a la madre con ella. Como Sofi que anda siempre con la flaca de su madre. Hay un poema de Wislawa Szymborska que me punza:

Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.

¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.

¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.

¿Desde cuándo te escondes? -No sé.

¿Por qué me mordiste el dedo corazón? -No sé.

¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.

¿A favor de quién estás? -No sé.

Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.

¿Existe todavía tu aldea? -No sé.

¿Éstos son tus hijos? -Sí.

El poema se llama Vietnam. La autora es polaca y siempre escribió con una posición política que atraviesa su obra marcada por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. No me gusta escribir nada que se pueda googlear. Pienso en su poema y como la escritura perfora las realidades. Llega y se hace visible en otro contexto. Leo con confusión, con desorden, con la emoción que me causó el poema.

Cuando leí Ministerio de desarrollo social de Martín Rodríguez y luego Maternidad Sardá tuve la sensación de recorrer no solo una percepción lírica de una voz poética sino una época que crecía de fondo. Una trabajadora social, una pierna amputada, un casamiento con ese pedazo de carne, el arroz en el piso y en el cielo, los granos creciendo en los talones, el sonido de una reposera oxidada. Después, en el libro del hospital, la sangre y la vida, el fruto del horror y del amor. Un poema que se llama Polvo sin borrarse contiene estos versos:

“Parir es partir envuelta en carnes dulces hacia el dolor de un costillar,

hacia la sangre nueva. Una maternidad y barco a la deriva se parecen.”

Nota Belen Zavallo Poema.jpg

En las clases Alfonsina solía proponer la lectura de Juan José Manauta, promovió su nombre, lo estudió a fondo, se apasionó con él, hoy si lo leo pienso en ella. Creo que es una forma justa de nombrarlo, como un escritor que fue leído con tanto amor. Un cuento que se llama Los horneros le permitían a Alfon hablar de la pobreza. Los horneros tenían barro de sobra para hacer sus nidos frente a un nene con su abuelo que no alcanzaba a conseguir todo lo necesario para armar un barrilete y remontarlo.

“No pienso hacer mi medio mundo con papel de diario o de estraza. Sería una vergüenza, y me saldría un empacho que no remontaría ni con tormenta. Entonces, como no tengo nada que hacer, yo también me pongo a mirar cómo trabajan los horneros.

¿En qué piensa el abuelo?

Yo pienso, después de mirarlos un buen rato, que los horneros tienen barro y paja de sobra para hacer el nido, y que por eso están alegres.

El abuelo me mira. Le brillan los ojos como si estuviera por llorar, pero el abuelo no llora, nunca llora. Él sabe que no podré terminar la pandorga. Anoche hablamos de eso, del papel de seda, y el abuelo nunca habla.”

Pedro rompe una parte del nido. Su mujer barre la vereda. Junta la tierra con una palita. Los pájaros están en otro lado.

Para seguir a Belén Zavallo en redes sociales:

Instagram: @belenzavallo

Facebook: Belén Zavallo

Twitter: @MBelenzavallo

Comentá y expresate

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Estás de acuerdo con que el horario de cursado se extienda una hora?

52.37% Si, estoy de acuerdo
47.63% No estoy de acuerdo
Total 6078 votos

Las Más Leídas