La enorme movilización del 8M en nuestro país -y en varios países del mundo- dio cuenta de que el colectivo de mujeres gana cada vez más terreno. Y lo hace poniendo en tela de juicio el sentido común, derribando estereotipos y deconstruyendo conceptos y discursos.

La violencia de género -simbólica, económica, física-, la desigualdad salarial, el impacto de los ajustes en la vida diaria de las mujeres y el pedido casi unánime por la despenalización del aborto atraviesa a un movimiento que ha dejado de ser un emergente para convertirse en el protagonista de un nuevo tiempo, que ha obligado hasta a los más conservadores a abrir su cabeza, a comprender que las "locas" quizás tengan razón en lo que piden a gritos en cada marcha, en cada movilización, en cada pancarta.

En Argentina el femicidio se ha convertido en moneda corriente. La violencia sexista reina en un país donde los que tienen los hilos se conforman con un botón antipánico, que le tira la pelota a la víctima en vez de hacerse cargo del victimario. La tobillera electrónica es una alternativa, pero la necesidad de educar de otra forma, de establecer otras miradas y bregar por la igualdad es la verdadera salida.

La desigualdad de salarios -abordada por el propio Mauricio Macri-; y la despenalización del aborto, próximamente discutida en el Congreso, son parte de una agenda compartida de derechos por conquistar. Dan cuenta de la necesidad de visibilizar las desigualdades de una sociedad en donde el clasismo egoísta esconde que las mujeres -y especialmente las pobres- cobran poco, viven mal y mueren en pésimas condiciones de higiene, intentando desprenderse lo de embarazos no deseados que la clase media oculta en finos los consultorios de las clínicas del centro.

El movimiento de mujeres llegó para quedarse. Y no va a parar hasta lograr lo que vino a buscar: la igualdad. Esa que tiene como motor la solidaridad, y que es a su vez un paso necesario para la verdadera libertad.

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