Este año, los argentinos volveremos a elegir Presidente. Cada vez falta menos. El 11 de agosto serán las PASO, el 27 de octubre se realizarán las Elecciones Generales y, en caso de haber ballotage, se definirán el 24 de noviembre. Mientras la cuenta regresiva avanza, lo que permanece estancado es el debate serio sobre las propuestas que los candidatos tienen que presentar como plataforma de gobierno. ¿Qué piensan hacer con los temas urgentes y necesarios que se deben resolver en este país?

El interrogante es tan grande como los problemas que atraviesa la Argentina en el plano económico, social, político y judicial. Las posiciones de cada candidato se licuan con chicanas, operaciones mediáticas y rencillas que se posan sobre la "grieta" para ensancharla, profundizarla y utilizarla para captar a quienes aún están indecisos. Las frases hechas dominan el terreno y la incertidumbre se hace carne en la sociedad cuando la frivolidad se despliega como estrategia de marketing.

La inflación es el principal flagelo que afecta a los argentinos, no tanto como proceso económico en sí mismo que forma parte del ADN del país, sino fundamentalmente como el factor número uno que hoy quita capacidad de compra y sustentabilidad a las familias. La pérdida del poder adquisitivo a valores históricos sumerge a los hogares en la dificultad de llegar a cubrir la canasta básica de alimentos, bebidas, vestimenta y servicios primordiales. Este problema, que ha sido objeto de promesas en otras campañas, sigue pendiente. ¿Hasta cuándo?

En la misma sintonía, derivado de la falta de recursos para lograr satisfacer las necesidades más elementales, hay grandes preguntas sin respuestas sobre cómo encarar un proyecto político y social para revertir la pobreza que, según los últimos informes, trepó al 35%. Son casi cuatro millones de pobres nuevos, que totalizan más de 15 millones de habitantes, los que sufren la desigualdad en la distribución de los ingresos. La exclusión a la más cruda marginalidad trasciende incluso al plano cultural, donde las diferencias terminan siendo con el tiempo prácticamente insalvables.

Otra gran incógnita es cómo crear las condiciones macro para generar empleo, que reviertan los índices de desocupación y aseguren el bienestar de los asalariados que movilizan la economía del país. En este sentido, es clave definir la política productiva para reactivar las capacidades instaladas de miles de fábricas que hoy tienen gigantes de hierro dormidos. Es la industria la materia pendiente para la verdadera creación de riqueza, que hoy sufre las consecuencias de un modelo básicamente financiero y primario.

El único tema que sale a la luz, con un explícito propósito, es cómo pagar la deuda que tomó el gobierno de Mauricio Macri con el Fondo Monetario Internacional -FMI-, de 57 mil millones de dólares. Es el mismo organismo el que está preocupado por entrevistar a los candidatos para conocer sus posturas. Lo particular en este escenario es que los principales referentes que polarizan la intención de voto -Macri y Fernández-, estarían de acuerdo a renegociarla y reestructurarla, sin poner en discusión su naturaleza, el destino de los fondos, entre otras dudas de la operación.

Los días pasan y tampoco hay ideas circulando sobre cómo definir un proyecto colectivo relacionado a la educación y la salud públicas, derechos inalienables de todos los argentinos. Las propuestas sólo se reducen a títulos intrascendentes con números futuros -2020, 2030, 2050-, cual si fuera una meta con un trayecto programático. La ciencia y la tecnología también están ausentes de los debates, al igual que un verdadero plan de vivienda y condiciones dignas de vida para los barrios, tal cual lo expresa la Constitución que muchos alardean defender. En síntesis, cáscaras.

Es cierto que el 13 de octubre es la fecha dispuesta para que se concrete en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) un nuevo debate presidencial, con un programa de preguntas sobre temáticas específicas. Sin embargo, pareciera que sólo es una obligación institucional, con una gran puesta en escena para los candidatos, lo que motiva a expresar tenues líneas de pensamiento sobre el diagnóstico de lo que pasa y las proyecciones con vistas a los próximos cuatro años.

En el mientras tanto, en el barro no hay más que peleas y negociaciones obscenas sobre armados políticos que nada tienen que ver con las necesidades de acuerdos sobre cómo levantar de nuevo al país, en pos de un crecimiento y desarrollo genuino. Los consensos sólo se dan en la superficie de las estructuras partidarias y no en los temas fundamentales que a gritos reclama la sociedad. Cuando eso sucede, en estas elecciones, el silencio aturde.

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