El partido frente a Brasil, ayer en el Bicententario de San Juan, era un partido de Mundial. La verdeamarela ya estaba clasificada a Qatar 2022 y la albiceleste se encontraba a un paso de hacerlo. No era una cuestión de puntos. En palabras de Tité, su equipo ya se entrena y disputa sus encuentros preparándose exclusivamente para la Copa del Mundo. Para los de Scaloni, el desafío era emocional. Y, también, era medir su buen nivel futbolístico frente a una potencia. Revalidar lo hecho hasta el momento.

No sólo eso, sino además arreglársela con un Lionel Messi tocado, sin demasiado rodaje y recuperándose de una molestia. Allí, el desafío estaba en tomar el mando que delegaba el 10, que no podía hacerse cargo del equipo. El equipo debía suplantarlo. Y aunque le costó, el conjunto nacional no desentonó. No pudo consolidarse en la zona creativa ni generar asociaciones por el centro, cuando logra juntar pases entre Paredes, Lo Celso, Leo y De Paul. Le costó generar situaciones de peligro, llegar al arco de Alisson, pero estuvo a la altura.

Fue un partido duro, trabado, disputado. Con mucha lectura del rival y duelos físicos. El combinado nacional no fluyó con naturalidad pero tampoco lo hizo Brasil. Por eso, probablemente lo mejor de la Selección a lo largo de los 90 minutos haya estado en la presión alta que ejerció durante casi la primera media hora del encuentro.

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Salió decidida la Argentina. Con un estadio Bicentenario que lo secundaba desde las tribunas. Y eso Brasil lo sintió. Fueron unos 25 minutos en los que el equipo de Scaloni se paraba bien alto en el campo de juego, para impedir que el de Tité pudiese salir jugando. Sobre todo, para coartar el inicio de los dos centrales de buen pie que tiene: Marquinhos y Militao.

Con Lautaro Martínez como primer eslabón de la presión marcando a Marquinhos, entre Messi y Di María se alternaban para ir con el segundo zaguero. Sobre la izquierda, Lo Celso se agazapaba para impedir la subida de Danilo por el lateral derecho. Sobre el costado de enfrente, el carril izquierdo también estaba cubierto, ya sea por Leo o por el Fideo.

La línea defensiva brasileña quedaba entonces incómoda para pasar la pelota o para barajar alternativas. Por el contrario, la albiceleste se apostaba atenta a las tres opciones restantes más inmediatas que tenía la verdeamarela: los dos pivotes, Fabinho y Fred, y Paquetá, con sus incansables y fructíferos descensos. De Paul iba con el primero, Paredes con el segundo, y el tercero quedaba para la muralla cordobesa: Cristian Gabriel Cuti Romero, que tenía la indicación de seguirlo bien lejos, incluso hasta mitad de cancha.

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Fue un trabajo de coordinación que salió perfecto. Movimientos sincrónicos entre delanteros, medios y defensas. Argentina se posicionaba de manera ordenada y veloz para no ceder espacio al rival en salida, con las marcas tomadas y claras. El objetivo era impedir que Brasil juntara pases con sus habilidosos intérpretes, y que debiera jugar en largo, apostar a dividir. Y que en esas divididas, las torres del tablero, Otamendi y Romero esperaran para disputar el juego aéreo.

Una propuesta intensa de los dirigidos por Scaloni. No pudo mantenerse en el tiempo, lamentablemente. Mientras estuvo activa, funcionó y surtió efecto. El equipo ahogó al rival. Pasada la media hora, la idea se fue diluyendo. Aun así, al momento del balance final, esa presión alta fue de lo mejor a nivel colectivo, e incluso lo mejor del partido.

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