El día después de las Elecciones PASO a nivel nacional fue una jornada caótica para los negocios. Las principales variables financieras temblaron. El dólar subió un 23%, se desplomaron las acciones, se hundieron rápidamente los títulos públicos y el riesgo país se disparó 68%. Sin embargo, todo eso no queda allí y las consecuencias ya se sienten, sin filtro para el pueblo.

Claramente, voto cantado. Los mercados jugaron su elección y les salió mal. La derrota contundente de Mauricio Macri dejó en evidencia que la famosa "mano invisible" tiene nombres y apellidos, de quienes sostenían con alfileres un modelo basado en la especulación financiera por encima de cualquier desarrollo productivo. Tras jugar su juego, se van; es su naturaleza.

El hecho de que ninguna encuestadora anticipara -o ventilara- la significativa brecha entre candidatos, sacó del discurso hegemónico esta posibilidad y la sorpresa fue rotunda. Los mercados apostaron por la continuidad de Cambiemos y el revés llegó antes de lo esperado. Nadie lo predijo y por ello el pánico fue la respuesta inmediata, que ahora pagaremos todos.

La devaluación es el síntoma directo de la pérdida de credibilidad por la moneda argentina y la economía nacional. La gran demanda de los inversiones por esta divisa hizo saltar su precio, al punto tal de paralizar las operaciones. En Paraná, por ejemplo, tras una agónica demora, abrió la pizarra en el orden de los 66 pesos. Luego, con la suba de tasas del Banco Central al histórico 74%, retrocedió hasta los 57. Este martes, volvió a repuntar.

Consecuencias

Tal cual lo vivido el año pasado, lo grave de este escenario son los efectos que ya está provocando en la economía, que quedaron grabados en la memoria colectiva reciente de los ciudadanos. La mayoría de los sectores se está readaptando ante la fenomenal devaluación, cuyo salto del precio del dólar sólo es comparable con la salida del "cepo cambiario" al comienzo de la gestión de Macri.

Empezó el rebote inflacionario. Algunos comercios comenzaron este mismo lunes a remarcar los precios de sus productos en stock hasta un 30%; supermercados están a la expectativa de la llegada de los repositores con nuevas listas de precios; los corralones frenaron las ventas y presupuestos hasta tener certezas de cuánto valen los materiales; concesionarias hicieron lo mismo, a pesar de las promociones vigentes para reactivar el sector.

De todos modos, en esta recesión, no todos pueden readaptarse a la misma velocidad. La caída del poder adquisitivo de las familias -por la licuación de los salarios- obliga a muchos negocios a aguantar un poco más. Subir el precio rápidamente puede costarles en definitiva sus ventas. El consumidor está cada vez más selectivo y el precio es determinante. No es menor que tras la suba del dólar, una de las tantas reacciones fuera cargar el tanque de nafta. Nadie quiere perder más de lo que ya perdió con esta nueva devaluación.

Una vez más, los ganadores son pocos y los perdedores, millones. Cada uno imaginará de qué lado del barco quedó. Políticamente las culpas pueden echarse de un lado o del otro, pero lo cierto es que la clase media advirtió con su voto que no hay relatos que tapen las dificultades que viven a diario los hogares. Sin ningún tipo de sensibilidad, los mercados pegaron otro duro golpe al bolsillo de los argentinos. Barajar y dar de nuevo, sale cada vez más caro.

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