El estigma sobre las personas afectadas por el nuevo coronavirus y sobre las personas de origen chino se ha desatado por el mundo. Corre incluso más rápido que el nuevo virus propiamente dicho, el COVID-19. Y la Organización Mundial de la Salud salió a advertir esta semana que el estigma puede hacer que “las personas oculten la enfermedad para evitar la discriminación”, que no consulten al médico inmediatamente, y que los desaliente a adoptar comportamientos saludables.

La actitud de intolerancia hacia las personas que residen o que estaban de visita en China recientemente podría tener un costo para todo el mundo. Las barreras “pueden potencialmente contribuir a más problemas de salud severos”, a la transmisión continua, y a dificultades de controlar enfermedades infecciosas durante un brote”, alertó la OMS en su reporte diario sobre el avance del coronavirus. También la agencia sanitaria de Naciones Unidos reconoce que al tratarse de una nueva enfermedad, es entendible que se generen confusión, ansiedad y miedo en la población general.

El jueves pasado, un grupo de 70 personas evacuadas desde China, que incluyó a 8 argentinos, iban en micros y fueron atacados con piedras por residentes de Ucrania, quienes también quemaron gomas y cortaron el paso por un puente. Finalmente, los evacuados llegaron al lugar de destino para estar en aislamiento. Pero las manifestaciones a favor de poner barreras con otras personas por la potencial transmisión del coronavirus han ido aumentando en todos lados.

“El estigma hacia la comunidad china es enorme. Incluso se lo siente dentro del país”, dijo a Infobaeel doctor Julio Djenderedjian, investigador del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, que depende de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y del Conicet. El investigador llegó semanas atrás de visita por China.

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Desde que el 31 de diciembre pasado se reportaron oficialmente los casos de neumonía provocados por el coronavirus en Wuhan, China, el miedo a un virus desconocido y a su potencial impacto sobre la población ha generado persecución sobre los afectados, restricciones en los movimientos, momentos de tensión, y la adopción de medidas que no están recomendadas por la OMS. Al visitar China, Djenderedjian quedó asombrado por la desinformación que circula. “Se habla de virus chino, cuando el coronavirus es un microorganismo que no tiene nacionalidad. En cualquier lugar del mundo, se detectan nuevos virus”, subrayó.

“El maltrato de hoy con la comunidad china recuerda a la estigmatización que también se produjo en el año 1918 cuando se empezó a dispersar la epidemia con un nuevo virus influenza y que fue llamada la “gripe española”, expresó. Esa epidemia de gripe afectó a más de 500 millones de personas que residían en diferentes zonas del mundo, desde los Estados Unidos hasta China. Como la prensa local fue la primera en difundir los primeros casos, se popularizó que el virus que ocasionó la epidemia provenía de España. En otros países, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, la información sobre la epidemia estaba censurada.

El historiador argentino también contó que se difunden muy poco las acciones de solidaridad que se realizan en China. “Hay un montón de personas - incluso médicos que estaban jubilados-, que están ayudando a atender a los pacientes. Hay millones de personas que cumplen con el aislamiento por varias semanas para evitar una mayor transmisión del coronavirus, pero esas acciones heroicas no se valoran”, agregó Djenderedjian.

El nuevo coronavirus generó reacciones adversas diferentes. El 31 de enero, el Presidente de los Estados Unidos decidió que iba a negar la entrada a personas que hubieran estado en China durante los 14 días anteriores, mientras que la OMS había recomendado que no se interfieran las relaciones entre los países. En Australia, personas de origen asiático sufrieron discriminación en supermercados y escuelas, y los restaurantes chinos disminuyeron su clientela en más del 70%. En Bolivia, tres ciudadanos japoneses fueron aislados por ser sospechosos de ser “portadores” de coronavirus. En Japón, se dispersó el hashtag en redes sociales como Twitter “Chinos no vengan a Japón” (#ChineseDontComeToJapan ).

Las epidemias han sido un problema socialmente relevante en la historia de la humanidad”, afirmó la doctora Mónica Petracci, investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA, al ser entrevistada por Infobae. “Se han generado ideas contrapuestas sobre las epidemias a lo largo de la historia. Se las ha considerado como un castigo divino, como parte del temor al extranjero, o asociadas a interpretaciones morales sobre comportamientos vinculados a la sexualidad, como en el caso de la sífilis o del VIH. La diferentes creencias que surgen son un desafío a la hora de pensar la comunicación pública sobre las epidemias”, sostuvo la doctora en ciencias sociales. Las creencias que la gente tiene sobre las epidemias llevan a crear una división con los enfermos o con los potenciales afectados y a la exclusión.

Una de las epidemias más devastadoras fue provocada por la peste negra o muerte negra -una enfermedad causada por una bacteria- en Europa y Asia en el siglo XIV. El italiano Giovanni Boccaccio escribió en su obra El Decamerón sobre la experiencia de la peste: “... casi todo desembocaba en un fin harto cruel: esquivar a los enfermos y sus cosas y huir de ellos; al obrar así, creía cada cual asegurar la propia salud”. En aquella época, se empezaron a establecer los cordones sanitarios para impedir el desembarco de barcos con potenciales enfermos, y se culpó a los chinos por el origen de la epidemia.

Epidemias de las últimas décadas también expusieron los prejuicios y desencadenaron estigmatización.Una epidemia de cólera se desató en Perú en 1991, y se expandió en Chile, Bolivia, Paraguay, el Norte de la Argentina en 1992, y a casi toda Sudamérica. En la Argentina, produjo 72 muertes. Muchos señalaban a los afectados por su falta de higiene. Pero la evolución de la epidemia desenmascaró la falta de instalaciones sanitarias y agua potable y los bajos niveles socioeconómicos. No se trataba de una cuestión individual, sino de la falta de atención sobre los determinantes sociales de la salud, es decir, sobre las causas de las causas de la enfermedad. Así, la epidemia dejó al descubierto que los productores rurales de tabaco de las provincias de Jujuy y Salta no cumplían con la ley en cuanto a las condiciones mínimas de salud, vivienda y trabajo del personal contratado. “La epidemia del cólera generó un entredicho internacional por las condiciones sanitarias de la frontera que hizo aparecer a la enfermedad como proveniente de Bolivia ante la opinión pública”, recordó Petracci.

En el caso de la epidemia de VIH, el estigma aún persiste. Desde 1981, el año en que empezaron a detectarse los primeros casos de la infección, hubo personas que opinaron que el VIH era una “enfermedad inmoral” y resultado de una “conducta reprochable”. A pesar de que la infección puede ser adquirida por cualquier ser humano, aún existe la discriminación sobre grupos con mayor riesgo. El estigma dificulta el acceso al diagnóstico oportuno y al tratamiento, y contrarresta las posibilidades de reducir la transmisión del VIH.

En abril de 2009, el estigma por una infección nueva recayó en habitantes de México. Fue la emergencia de la gripe A/ H1N1. Hubo estigma hacia los afectados y se tomaron medidas exageradas contra México. Se suspendieron vuelos hacia y desde México, pero no se adoptó la misma medida con los viajes hacia y desde Estados Unidos, donde también había casos. En China, turistas mexicanos fueron detenidos y posteriormente confinados en albergues especiales y puestos en aislamiento.

En diciembre de 2018, el brote de hantavirus que ocurrió en la Patagonia argentina obligó a establecer un aislamiento selectivo de la población como una medida de protección para la ciudadanía. Así, 159 personas entraron en aislamiento domiciliario durante 45 días porque existía la posibilidad de que transmitieran el virus a otros. El brote se controló, pero el impacto emocional sobre los sobrevivientes y la población de Epuyén y alrededores fue duro. Muchos sentían que se los había estigmatizado por tener hantavirus o por ser un portador potencial. Un equipo de salud mental dependiente del Ministerio de Salud de Chubut atendió a sobrevivientes y a familiares de pacientes.

¿Se puede hacer algo para reducir el estigma en casos de epidemias? Sí, aunque la solución no es simple. La OMS está desarrollando con la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja (IFRC) y Unicef guías basadas en las comunidades y campañas globales para desbaratar las prácticas que conduzcan a estigmatizar a las personas afectadas por COVID-19 o que han estado en la zona del origen de la epidemia. Días atrás, el director general de OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, dijo: “Desde mi corazón, es tiempo para la solidaridad, no para el estigma”.

“La preparación de la sociedad ante posibilidad del desarrollo de una epidemia es una acción que podría hacerse -respondió la doctora Petracci-. El manejo de la comunicación con claridad y transparencia durante la epidemia también es clave. Al contar con la información adecuada, se puede contribuir a evitar el estigma”. Subrayó que en cada epidemia las autoridades sanitarias se encuentran ante el desafío de alertar sin alarmar innecesariamente, y de comunicar sin minimizar los riesgos. Puede verse afectada la confianza de la ciudadanía sobre los riesgos.

Para encontrar respuestas sostenidas, en la última década se abrió un nuevo campo de estudio que es la “ciencia de la reducción del estigma”. Ya hay trabajos que demuestran que el estigma es una de las causas de discriminación en la atención médica global, y que la falta de conocimiento sobre las enfermedades puede gatillar actitudes de estigmatización. En esa búsqueda están ya decenas de investigadores para encontrar respuestas efectivas y harán un workshop en junio en los Estados Unidos.

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