Una de las nuevas realidades que estoy viendo en la consulta tienen que ver con un aumento de la ansiedad relacionada con el proceso para empezar relaciones de pareja tanto en personas jóvenes como en gente de más edad, diferente a lo que era habitual no hace mucho tiempo atrás.

El establecer un nuevo vínculo amoroso tiene siempre un grado de incertidumbre relativo a la posibilidad de que la persona que nos gusta no comparta el mismo interés por nosotros. Las expectativas implican la posibilidad de ver nuestros deseos frustrados y hay un miedo a “lanzarse a la piscina” y que el objeto de nuestro deseo (algo más intenso y complejo que el interés) no corresponda.

Lo que detectamos como nuevo es que desde que se han popularizado las tecnologías de la información y se ha incrementado la exposición pública de las informaciones que antes eran privadas hay un sesgo en la forma de intentar tener pareja.

No me refiero a las aplicaciones para conocer a posibles parejas que son hoy los espacios donde encontrar a los posibles candidatos y que en gran medida suplen a los bares y a las discotecas de antaño o al baile de la fiesta mayor en el pueblo de al lado. El confinamiento significó, como para tantas otras cosas, un cambio radical que aceleró esas formas nuevas de conocer a los otros que había empezado sutilmente unos años antes. La imposibilidad de los encuentros reales disparó los contactos a través de los medios digitales.

Según explicaba en 2020 uno de los estudiosos del Instituto Kinsey para investigación en sexo, género y reproducción humana de la Universidad de Indiana los dos grandes revoluciones en la forma de apareamiento de los humanos en los últimos cuatro millones de años habían sido el inicio de la agricultura y el sedentarismo que propició el matrimonio como fenómeno cultural vinculado con la posesión de la tierra y la herencia entre 15000 y 10000 años antes de nosotros y la aparición de internet.

Cambios significativos desde el inicio de la pandemia

Durante la pandemia y el confinamiento las aplicaciones de citas alcanzaron récords de contactos, y en una encuesta a la que respondieron más de 70.000 personas, el 85% de los usuarios valoraban más la posibilidad de una conexión emocional que la mera posibilidad de un encuentro sexual.

La antropóloga Helen Fielding, autora del bestseller “Por qué amamos” y asesora científica durante quince años de la plataforma de contactos Match.com explicaba a The New York Times que la pandemia había cambiado la forma del cortejo y que la gente se veía obligada a tomarse las cosas más despacio, conocerse antes de irse a la cama. Exponer los sentimientos y los miedos.

Las redes sociales han cambiado las relaciones humanas

Tanto si los hemos conocido directamente por internet o los conocemos con los sistemas tradicionales, empieza inmediatamente y casi sin poderlo evitar un rastreo de las cosas que ese inicialmente ser desconocido ha colgado en la red. Lo que hace años era un proceso lento, progresivo para ir desvelando los misterios y se podía esconder o administrar la información durante el juego de la seducción, hoy en día aparece revelado sin filtro con tal solo apretar un botón.

Los secretos de las relaciones anteriores, los gustos, las opiniones sobre cualquier tema, las mascotas que tienes, las fotos de familia, las vacaciones, los restaurantes a los que has ido, las fotos con gafas de pasta o con ortodoncia, como eras antes de la operación de pechos o del viaje a Turquía para ese implante de pelo que ahora niegas aparecen antes de que se lo puedas explicar a tu pareja. Lo más alucinante es que todo ese material lo hemos colgado en las redes nosotros mismos durante años, en una labor incesante de exhibicionismo del que no éramos conscientes.

Lo que nos preocupa no es tanto lo que hemos mostrado de nosotros. Lo que nos preocupa es lo que sabemos de la persona que nos atrae. Y toda esa información satura, provoca dudas, inquieta o confunde. No sabemos qué hacer con todo ese volumen de información que no sabemos interpretar.

Así, el elemento diferencial respecto a todo lo que sabemos de otras personas que no nos atraen es que esos datos de la persona deseada sí que nos producen ansiedad porque generan dudas que no tendríamos sin ese acceso desmesurado a la privacidad. Nos angustia que lo que hemos sabido despierte nuestros fantasmas.

Si han tenido muchas relaciones anteriores nos preguntamos por su fidelidad, nos comparamos con las anteriores parejas, y si no encontramos un patrón lógico en sus elecciones previas nos interrogamos sobre si somos un eslabón más de la serie o la nota disonante. Ya no te digo si viven con siete gatos, con su madre más allá de los 40 años o si sabemos que son aficionados a la taxidermia.

Eso es lo que aparece como novedad en la consulta. Miedos nuevos que antes no se tenían, relacionados con las cosas que han pensado en relación con todo lo que han recopilado. Y seguramente malinterpretando las informaciones en consonancia con los temores más ocultos y las malas experiencias propias. Y lo que hace un tiempo eran vagos temores asociados al misterio de lo desconocido ahora son dudas terribles que generan sufrimiento debido al exceso de información.

Fuente: Mundo Deportivo

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