Hace poco encontré unos apuntes viejísimos, todo estaba escrito con una letra inmadura. El pulso de la escritura también cambia con el tiempo. Una clase de literatura argentina que enseñaba Graciela Gianetti tenía un poema infantil que ella desmenuzaba con su mirada siempre aguda. “La costurerita que dio aquel mal paso” de Evaristo Carriego. No me entendí qué decía en los márgenes del texto pero me acordé de su voz recitándola, del sol esas tardes en la facultad, del banco en el que nos sentábamos con Ferny y Natalia. Me acordé de Carla que murió en el segundo año, de Sonia y Zoe porque las tres éramos madres jovencísimas, del olor a asiento de colectivo, del primer celular que me regaló mi hermano y de él avisándome que me buscaba, de una vez que le escribí “llendo” y de la vergüenza del error. Tenía dieciocho o diecinueve años pero todo lo que el cuerpo vive queda entreverado entre los huesos. Y la palabra escrita en un papel puede reactivar todo lo sentido.

El libro de la almohada de Sei Shonogan fue escrito en el año 1000 por una de las damas de la corte de la emperatriz Sadako. El diario íntimo o registro de los días puede leerse como material literario y como un poema que se fragmenta en listas de cosas que se abren como un abanico, mientras también hay narraciones de los días comunes, digo comunes a su época y a la peculiar condición que transita la voz narrativa. Hay debates que no apuntan más que a exhibir los nombres que empuñan discursos en contra o a favor de la literatura del yo. Unos la descalifican, otros la validan. En el medio estamos quienes leemos la belleza que resplandece en el lenguaje que atraviesa el tiempo y el espacio, y que vuelve una mirada nueva sobre lo que vemos cotidianamente.

Cosas encantadoras

-Los objetos que se utilizan al jugar con muñecas de papel.

-Arrancar las hojas pequeñas de un loto que flota en el estanque.

-Las hojas de la malva pequeña son también deliciosas. Cualquier cosa, si es diminuta, resulta grata.

-El rostro de un niño dibujado en un melón.

-Un pequeño gorrión que viene saltando al imitar alguien el chillido de un ratón.

-También es delicioso cuando al atar a un gorrioncito con un hilo, sus padres le traen insectos o lombrices y se los entregan en el pico.

-Una niña a la que están cortando los cabellos como a una monja, de manera que los ojos quedan cubiertos, despeja su cara sin usar las manos, inclinando su cabeza a un costado pues quiere ver algo. Realmente encantador.

-Ver los tasukigake blancos y limpios de las niñas, ¡qué agradable sensación!

-Un paje de Palacio, todavía muy joven, camina con traje de ceremonia.

-Pollitos blancos con largas patas caminan de una manera graciosa; parecen vestidos con kimono demasiado cortos, pían muy fuerte, y van tras las personas o rodean a la gallina. Ver esto es sumamente grato.

-La flor de clavel silvestre.

Ayer cruzamos por Puerto Sánchez caminando. Mi hermana tiene el pelo rubio y el sol le devuelve siempre el brillo, como si estuvieses dos personas jugando con espejos desde balcones a hacerse luces. Siempre que vamos nos cruzamos con chiquitxs jugando en la calle, algunas nenas nos saludan, otros pelotean y dicen cuidado, otros acarician gatitos que siempre están naciendo y creciendo como uvas que caen desde las chapas. Caminar con mi hermana y mi sobrina es dar pasos sin darme cuenta, hablamos de tantas cosas en un mismo tiempo y con el mismo entusiasmo que solo tropezamos con la risa. En la punta del Thompson nos sentamos a mirar el atardecer. El río se pone plateado y el cielo es rosa, celeste, lila una témpera revuelta en un jardín. Respiramos y volvemos.

Hay cosas que anotaría pero el ritmo de las piernas nos lleva solo, es un tranco que el cuerpo adquiere como si fuese un potro. Entre los pescados que penden de ganchos en los puestos de los pescadores, crecen más atrás los comedores con piso de tierra y ventanales al río, hemos comido con amigxs y poetas, mirado las escamas en los platos y su réplica en el lomo del agua. Puerto Sánchez debería estar más cuidado, tener al gobierno a su servicio, es único para quien lo visita y para quienes lo caminamos. La callecita está poceada, no tiene más que las luces de los vecinos, las pinturas que los artistas van y estampan, los silbidos de los pájaros, el bailecito de las cañas y los sauces. Hay también una historia que se ensarta como un anzuelo: Te esperamos, Juanjo, volvé. Dice sobre una pared y los amigos ranchan abajo y toman mates esperando que el río les devuelva al joven pescador. La esperanza late en Puerto Sánchez.

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