En 2016 Patricio Foglia y Natalia Leiderman registran su visita a la casa de la poeta en Santa Fe. Escriben en Malón Malón los fragmentos de esa charla, la respiración de esa tarde, el desparpajo en la lengua de Estela Figueroa, la poeta santafesina que ayer murió y que todos despidieron.

“Pensé que yo era el hada que no habían invitado. Creo que lo que he escrito, ha sido siempre en situaciones adversas. Como decía Roberto Arlt, que es uno de los argentinos que más quiero –también a Puig, no a Saer, y eso subrayalo—, por su prepotencia de trabajo. En Dirección de Cultura no hay ni una silla que sea mía, entonces yo firmo El hada que no invitaron. Y el hada que no invitaron, lo saben, echa una maldición. Yo no, más que desearles la muerte... pero Pavese decía que no hay que desearle el daño a nadie, porque ya la vida nos hace mierda a todos, y es cierto.”

Estela Figueroa es considerada una de las poetas más influyentes de la provincia de Santa Fe, sin embargo ella siempre se sintió ubicada en el margen y con su inteligencia hizo de ese borde la orilla que crece. Escribió Carlos Battilana:

No la invitaron a la fiesta de la poesía, pero el hada entró sin pedir permiso. Como a muchos, los poemas de Estela Figueroa me acompañaron en todos estos años. Qué misterio la muerte. Estela Figueroa. Sus poemas recientes, sus fotos, sus lecturas, sus intervenciones y no saber nada de la muerte. La casa en calma. ¿Ése habrá sido el tópico de la poesía de Estela? ¿Que habrá significado eso, esa necesidad de baldear los patios en verano todo el tiempo, esa necesidad de vaciar bolsos con remedios, boletas, papeles, cartas de ultramar, etcétera, de procurar que algo del afuera coincidiera con cierto orden que pudiera dotar de sentido a tanta perplejidad? Me acompañaron sus poemas. Los subrayé. Los leí y los leo con enorme placer. Están allí. Forman parte de mi vida, casi naturalmente. La sabiduría de Estela parecía sencilla, no? Calibrar cada palabra, reconocer su peso y su color, su flotación en el aire. Qué alegría que le haya llegado el reconocimiento masivo a partir de su poesía reunida, casi al final de sus años, esa obra que editó Bajo la luna. "Ya conocés la muerte Estela - le digo imaginariamente-, y acompañás a tu gran amigo, a Manuel, como lo llamabas a Inchauspe." Estoy conmovido como si un ser muy querido y al que frecuentaba de modo cotidiano se hubiera ido.”

Estela Figueroa fue amiga del poeta Manuel Inchauspe: “Manuel era un tipo muy cerrado, muy desvalido. Él hacía una vida totalmente vulgar, con una mujer vulgar, tenían dos hijos. Él escribía un poco a la brasilera, a la manera de Bandeira, de Drummond de Andrade, sin ir más allá. Y de pronto este tipo conoce a una mujer y se enamora, tal vez por primera vez en su vida. Me lo contó. Y a veces, te olvidás cartas en los bolsillos para que otro las lea. Eso fue lo que pasó y su mujer lo echó de la casa. Él era alcohólico, y ese fue el principio del fin. Volvemos al tema de que en la vida hay que saber cuidarse. De toda la ciudad, solo tres personas recibíamos a Manuel en nuestras casas.”

La anécdota que cuenta describe su forma de concebir la vida: una voz que no se esmeraba en esconder sus verdades, sin pelos en la lengua y también con lo importante adelante. Sus dos hijas, la injusticia y el valor de decir lo que vivió con la dictadura, las pérdidas de los libros, de los amores, la fuerza de la naturaleza y la ineptitud política.

LAS CARAS DE MIS HIJAS DESPUÉS DE LA INUNDACIÓN (La forastera 2007)

Es cierto eso que dicen.

Uno le da importancia a las cosas

después que las perdió.

Día tras día

hago el enorme esfuerzo

de reparar algo.

La foto de Florencia

en el jardín de infantes.

Los bordes blancos

carcomidos por la humedad.

Salvo su cara

la recorto con cuidado.

La coloco en el pequeño portarretratos redondo

que ahora está entre mis libros nuevos.

Con la foto de Virginia es más difícil.

Estaba enmarcada entre dos vidrios

y con un marco gris.

Lo recuerdo. Cerca del ventanal. En el comedor.

No resistió la fuerza del agua

la podredumbre del Salado.

Parecía un ángel

-que Dios tenga de mi

misericordia-.

Ahora parece una cara con lepra.

Hay en su escritura una salvia y corre como en una planta, su figura crece como ese poema bellísimo y extenso que se llama La enamorada del muro. Durante el día de ayer en todas las redes sociales se compartieron sus versos: lectores comunes, poetas reconocidxs, familiares y vecinxs.

Me permito una anécdota personal que no he contado nunca, cuando conocí a Miguel Ángel Féderik le pedí que me dedicara su obra reunida, al decirle mi nombre me miró y dijo “Estela Figueroa me recomendó que te leyera, habló bien de vos”. Yo que nunca la conocí me sentí tan halagada como insignificante, porque entiendo siempre que solo lxs poetas que son inmensos son quienes leen a todxs y todo el tiempo.

“La poesía no es exhibición, yo creo que es algo que se puede compartir como yo estoy ahora compartiendo con ustedes pero no subir como una reina, bendecida por los ángeles y leer y que me aplaudan. El curro de los Festivales, en una época tuvo sentido, pero ahora hay festivales por todos lados, y gente siempre dispuesta a ir.

Estela Figueroa fue el hada que no invitaron y, que sin embargo, todos quisimos sentir cerca.

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