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Julián hace changas por el barrio que está delante del suyo, no trabaja en su zona porque todos los que viven entre sus calles salen a hacer lo mismo. Se levantan temprano, avivan la polvareda como gorriones chapoteando en la tierra, con las ruedas flacas de sus bicicletas o con sus alpargatas, con las zapatillas que alguien les haya regalado, con lo que puedan salen.

Julián cobra el combustible para empezar a cortar el pasto, lo aclara en la puerta, yo vuelvo enseguida, dice con la mano cerca del bolsillo de la camisa en donde otros guardan puchos pero en el de él se notan los huesos como ramas que punzan hacia adelante. Tiene una bordeadora que cuida como a una hija y tiene seis chicos en su casa que cuidan con su señora.

–¿Hace mucho viven ahí, Julián?

–Desde que nos conocimos que teníamos quince años yo y ella trece, nos fuimos levantando de a poco las paredes, yo buscaba ladrillos y de a poco hacía la mezcla. Teníamos que estar siempre vigilando porque nos robaban las cosas. Hicimos una casa juntos y tuvimos seis hijos. La más chiquita es hermosa, tiene unas manos llenas de dedos, en una son seis y parecen un ramo de batatas. Un día, señora se la voy a traer para que la conozca.

Hace unos años la vecina de al lado que vivía sola con sus cuatro hijos tuvo un accidente con una vela, con un cigarro, con una estufa o algo así, dice. Ellos sintieron el humo y los gritos. Salieron desesperados. La Verónica tenía problemas con el padre de los gurises, pero se incendió la casa por los nervios. Con mi mujer tuvimos unos días al que menos se estropeó, después se los llevaron, pobres angelitos. Nosotros queríamos adoptarlos, para que siguieran viviendo en el mismo lugar aunque sea sin la madre pero con nosotros. Igual a veces vienen y les cocinamos algo rico con lo que tenemos.

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Una mujer revisa libros en la biblioteca de la escuela en la que trabaja dando clases de literatura, de una solapa se cae una estampita y la guarda con el mismo gesto de su madre. Lee la oración en portugués, la entiende sin dominar el idioma como una epifanía las palabras se le dicen solas. Reza, está preocupada porque vive los primeros meses de su primer embarazo de dos que tendrá, de dos mujercitas que serán hermosas y sensibles como ella. Tiene una dureza en el pecho y se la van a sacar en esos días. Tiene un miedo en la lengua y sólo lo pronuncia para adentro mientras se aferra a la estampa.

Cuando llega a la casa suelta las carpetas y las hojas de exámenes. Se baña, se cambia, se calza unas pantuflas con piel suave. Piensa qué va a cocinar, resuelve con rapidez, con la misma rapidez que mastica y habla y traga. Comen con su marido y se queda escribiendo una carta que mandará a la dirección que figura en el margen inferior de la estampa. Hay dos direcciones pero ve una, desagota la lengua y es como si le bajara calostro, como la salvia en la corteza del árbol de su infancia.

Siempre le gustó lavar las veredas, de chica renegaba porque los ciruelos goteaban un pegote espeso. Las moscas siempre se arrimaban al fruto pasado, las abejas a las flores, ella movía el escobillón con tanta gracia que parecía que levantaba sus alas. Ahora que dejó el sobre en el correo se olvidó de lo que hizo y sigue con la vida, con las listas de alumnas, las clases sobre Sor Juana Inés de la Cruz, las lecturas en voz alta.

Una respuesta la esperará en el buzón de su edificio a los pocos días. Una monja le escribe desde Brasil, se llama Hermana Claudia Freitas, le dice que encomienda sus oraciones cada mañana antes de salir a hacer misión a su salud. Lee con los ojos mirando atrás de una pecera, las lágrimas no caen nunca. Todo saldrá bien con su operación, con su embarazo, con sus hijas, ella lo ignora pero sostiene la fe como sostuvo la estampita cuando la encontró en el libro. La monja vendrá al Congreso Latinoamericano de Misioneras en el ´99, se conocerán, la bebé tendrá un año. “Es moito bella, la Grazia”, dirá la monja que es una de las grandes referentes del movimiento pero nunca se presentará más que como una servidora del Señor.

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En Charlas breves dice Anne Carson “los túneles que uno construye se parecen a orquídeas desarraigadas, extrañamente sin dirección.” Las manos crecen. La fe es posible aún en este mundo.

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