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Hay una época en que los palos borrachos sueltan sus semillas abiertas. Nos gustaba el aspecto a nieve falsa, como cuando las vidrieras navideñas de nuestro litoral desplegaban guata entre sus Papá Noel y pesebres con Niño Dios, una especie de selva batida a nieve. Con mis amigas pasamos infinita cantidad de siestas juntas, de mañanas en la escuela y de salidas de noche cuando ya teníamos permiso para hacerlo. Crecimos hombro con hombro, brazo extendido en la fila de la escuela o en el grupo de scout, pegoteadas en pijamadas, maquilladas en fiestas de quince, encimadas en los recreos contra la reja del quiosco de Mazu. Ahora estamos desperdigadas por distintas ciudades y provincias pero aún abrimos el tiempo y vemos cómo nuestros hijos también van cambiando el cuerpo y las caras. La época del palo borracho coincidió con mi época de nariz sangrante. De la nada empezaba a sentir que corría un río en mí y cuando me tocaba terminaba con las manos de criminal. No me desesperaba, había adquirido una paciencia sobre el procedimiento, pero siempre me pasaba cuando estaba en mi casa. Esa tarde empecé a sentir el gusto en la garganta y cuando bajé la cara del sol, el sifonazo. Sandra que estaba jugando conmigo corrió y juntó algodones del árbol, armó un tapón y me lo puso. Nos inclinamos sobre la canilla para lavarnos las manos. Seguimos extendiendo la alegría. Los gestos de la amistad me acompañan siempre.

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La primera mañana de jardín nos sentamos juntas: Gisela, Lucía, Sandra y yo. Ese cuarteto fue intercambiándose en los bancos de los años siguientes. Gloria y Gladys también estaban en nuestra fila, un poco más adelante, ellas eran silenciosas y nosotras estruendosas. Flavito que vivía en la esquina de casa, se acercaba con Emi porque le encantaba distraerse. Charlábamos sin parar pero estábamos todas en el cuadro de honor. Un día la maestra de segundo grado puso en penitencia a Sandra, ella se paró atrás del escritorio y al lado del pizarrón, me miró y empezó a hacer muecas. Cuando me tenté lo suficiente le dijo: “Seño, ella se ríe de mí”. Terminamos las dos pegadas a la pared y la risa.

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Había una que nos tenía bronca y que nosotras le devolvíamos el sentimiento sin ninguna culpa. Estaba en nuestro grupo pero siempre ostentaba lo que tenía con un tono caprichoso que nos molestaba. En esos días su jactancia era la Zanella nueva. Estábamos de noche en la vereda de una casa, charlábamos varones y mujeres sin diferenciar temas de uno u otro género, (mi grupo de amigos estuvo al lado nuestro siempre y nos acompañaban de a dos a nuestras casas después de alguna juntada, eran sin nombrarse nunca los verdaderos aliados). Con Gi nos escurrimos entre el montón y dijimos de probarle lo bien que andaba la moto. Salimos por calle 3 de febrero. Yo piloteaba la zanellita como una campeona porque desde chica tenía una en casa que había sido de todos mis hermanos y en esa había aprendido a manejar a mis seis o siete años. La imprudencia era moneda corriente en ese entonces y los autos ya podíamos sacarlos a los trece o catorce. Dábamos vueltas alrededor de los lugares donde había gente, era difícil concentrar gente en una ciudad chiquita, gente que una quería ver, de la edad o más grande. En la cuadra de lo Hirchfield aparecieron tres perros. Esquivamos dos. Al tercero le mordimos una pata con la rueda y él un tobillo con los colmillos. Terminé con los dientes partidos y el mentón abierto, Gisela se lastimó apenas la rodilla o algo así. En la guardia de la clínica me cosieron. Nos buscaron nuestros padres. No sé qué pasó con la moto. Usé chicle como extensión de dentadura hasta que me hicieron un arreglo rápido para poder ir al quince de ese sábado. Lo importante a veces se nos corría de eje.

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Levanto escenas de mi memoria como armando castillos en la arena. Apelmazo. Mojo. Dejo que desde la punta de los dedos caigan gotas de agua con apenas unos granos.

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Ferny avisa al teléfono fijo de mamá que esa tarde no viaje a la facultad, que me avise para que no tome el cole, que me cuide que estoy embarazada.

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La amistad tiene gestos que se tejen con manos blandas y lenguas fuertes. La amistad te quita del cuerpo. Ayer supe del embarazo tan deseado de E. y se me nubló la vista.

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Sé que F. come las pastas sin crema. Sé que W. es alérgico a las abejas. Sé que A. toma siempre la cerveza caliente. Sé que M.está, está, está. Sé que T. va a llegar tarde. Sé las letras que no pronuncia cada nombre y que está bien compartir el silencio.

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Siempre consideré que mi hermana y mi mamá son mis amigas. Hay un verso Héctor Viel Témperley que dice mi madre es la risa, la libertad, el verano. También podría decir lo mismo de las amigas y de la aspiración a ser lo mismo para mis hijas.

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