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La derrota del justicialismo en el 2015 no fue una más. Cambiemos, coalición que tiene en su interior a su oponente histórico, la Unión Cívica Radical -UCR- también contó con la presencia del PRO, una fuerza que vino a romper el bipartidismo tradicional. Con nuevas formas, con nuevos esquemas -aunque con viejos personajes- logró lo que hace algunos años parecía casi imposible: imponerse al peronismo, luego de una década en su versión kirchnerista.

Pero no sólo eso: mientras la UCR, que en la práctica juega un papel sumamente secundario dentro de Cambiemos, sigue su oposición acérrima al justicialismo, el PRO ha sabido ganarse el apoyo de algunos dirigentes de peso, que se han encolumnado en silencio detrás del proyecto macrista. Es cierto, la pérdida de territorio y poder político conlleva la pérdida de soberanía económica, y a muchos se los ve más que incómodos a la hora de referirse al tema, pero en definitiva lo que cuentan son los votos, ya sea en las urnas o en el Congreso.

Y así lo ha demostrado el reciente bloque de legisladores que responden a los gobernadores: un grupo de senadores y diputados que han levantado la mano apoyando a normas que hasta hace unos años siquiera hubieran aceptado discutir. Reforma previsional, reforma tributaria y Presupuesto 2018, los mejores ejemplos. La incógnita: qué pasará con la reforma laboral, donde todo indica que, antes de discutirse una ampliación de derechos, se debatirá cómo recortarle beneficios a los trabajadores para seguir achicando el "gasto".

El macrismo ha quebrado al justicialismo. Mientras una parte discute si es momento de una renovación, otros se aferran a lo que consideran la "década ganada" del kirchnerismo. Algunos vociferan en contra de los gobernadores que se alinean al Presidente, mientras otros argumentan que los sueldos solos no se depositan, sino que la caja de la Rosada es necesaria. Y la caja se abre si la mano se levanta.

El kirchnerismo sigue siendo un movimiento de relevancia. Cristina Kirchner obtuvo un caudal de votos importantísimo en la Provincia de Buenos Aires, en el marco de una candidatura en soledad luego de un año de no ocupar ningún cargo público. Pero ella no puede ser la cara visible de la alternativa. Y lo sabe. El macrismo se ha encargado de socavar bien su reputación y la de su entorno, que -con justas razones en algunos casos- hoy mira el escenario desde atrás de las rejas.

El peronismo durante años pareció inquebrantable. Y hasta pecó de soberbia, con muchas fuerzas con las que hoy encuentra más similitudes que diferencias. Las subestimó, las rebajó e incluso en algunos casos las atacó de manera despiadada. Pero esto es política, y lo que ayer parecía imposible -por ejemplo una coalición entre radicales y Macri-, mañana puede ser realidad. Y existen un cúmulo de fuerzas progresistas con las que el justicialismo puede encontrar puntos de acuerdo. Si se lo propone, si logra sortear algunas diferencias que hoy parecen insalvables en su interior, y salta el cerco hacia un frente que lo tenga como alternativa de poder nuevamente. De lo contrario, permanecerá a la deriva.

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