Se estima que la basura plástica que fluyen hacia los océanos (la mayoría a través de los principales ríos del mundo) triplicará su volumen en los próximos 20 años. Impasible ante esto, la producción mundial de plástico sigue aumentando y se espera que se duplique en los próximos 10 a 15 años, creando aún más contaminación plástica, aumentando las emisiones de carbono, e impactando en los ecosistemas y salud de las personas, particularmente en los países más pobres.

Parece ser que el protagonismo mediático de este tipo de contaminación y los esfuerzos de los científicos, junto a la ciudadanía general, apenas han hecho mella sobre el broquel de la industria plástica.

Si bien los gobiernos –sea cual fuere– podrían hacer recortes drásticos en el flujo de residuos plásticos al medioambiente mejorando los actuales y deficientes sistemas de recolección, reciclado y disposición final de los residuos sólidos urbanos, existe otro aspecto poco mencionado: la responsabilidad ambiental empresarial de las compañías. Este tipo de compromiso se puede definir como el conjunto de mecanismos de producción que deben aplicar las empresas para minimizar los impactos que sus productos producen al medioambiente. El tema es aun escasamente identificado por la ciudadanía, lo que conduce a una incipiente y tibia presión social.

Del mismo modo que al comenzar a llover la gente señala al cielo con un ademán de mano o cabeza indicando el origen de la misma, al tropezar con basura plástica en ambientes naturales deberíamos primeramente señalar a la empresa o corporación que produjo ese residuo como responsable primaria. Paradójicamente, las mismas etiquetas que mercantilizan el producto de una compañía, también la incriminan.

Si una empresa determinada es libre de elegir con que material empacar su producto (por ejemplo, la botella plástica de una gaseosa), entonces debería hacerse cargo del residuo que su envase genera una vez consumido el producto. No se debe naturalizar ni aceptar que esa responsabilidad ambiental (y moral) que les cabe a las grandes compañías, se atribuya meramente en la gente o en los municipios. Empresas que utilicen empaques plásticos descartables deberían garantizar su reciclado o al menos la disposición final de dicho embale. Sin embargo, una solución más amigable con el ambiente es, por su puesto, optar por envases y empaques retornables (por ejemplo, botellas de vidrio). Para lo anterior, es ineludible una fuerte presión social, un cambio de paradigma del consumo y una acción política eficiente y comprometida.

De acuerdo al periódico británico The Guardian, Coca-Cola ha admitido –por primera vez– que cada año produce unos 3 millones de toneladas de envases de plástico, lo que equivale a 200.000 botellas por minuto. En términos de contaminación, tan sólo Coca Cola, PepsiCo y Nestlé son responsables del 45% de la contaminación plástica en los océanos del mundo, según lo revelara el movimiento Break Free From Plastic.

En el río Paraná, un grupo de investigadores del Instituto Nacional de Limnología (CONICET-UNL), dirigidos por quien suscribe esta nota (Dr. Martín Blettler), junto al movimiento Más Río Menos Basura (Rosario) revelaron que las marcas más comúnmente halladas entre la basura plástica son Coca-Cola, Pritty, Arcor, Terrabusi (Mondelez), Produnoa, PepsiCo y Danone. El río Paraná, lamentablemente, nos está fuera del alcance de grandes corporaciones y multinacionales, ni elude las consecuencias de la pereza del accionar político.

Retomando la analogía, si cuando llueve señalamos con un ademán al cielo, cuando topamos con basura plástica en el río ¿por qué no dirigir el dedo índice a las compañías que la produjeron? Claramente no son las únicas causantes ni responsables, pero sin dudas son el primer eslabón de una luenga cadena de obligaciones poco asumidas.

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