La presunta desaparición forzada de Santiago Maldonado, que no es una frase caprichosa, sino que responde a la propia carátula de la causaque la investiga, desnudó otra de las falsas promesas del Gobierno nacional: unir a los argentinos.

Lejos de aquellas cuestiones vinculadas al plano económico o de gestión, la promesa de cerrar la "grieta" entre los que apostaron al cambio y entre los que apoyaban el modelo anterior se ubicaba como la posibilidad de cicatrizar algunas heridas ciertamente abiertas en los 12 años kirchneristas. Si algo puede objetarse del modelo conducido por Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández, es justamente la soberbia a la hora de escuchar a ciertos sectores en momentos determinados. Si bien no fue el único punto que le valió la derrota en 2015 es un criterio a analizar y del cual la propia exmandataria se ha hecho cargo en sus últimos discursos como candidata a senadora.

El discurso pacifista de Cambiemos, en otro plano, intenta cabalgar en esos errores de la gestión anterior. Polarizar, distanciarse, marcar la cancha, es en política la estrategia más lógica, y el macrismo lo sabe, pese a que declame todo lo contrario.

Pero el caso Santiago Maldonado mostró la peor cara de la gestión nacional. Esa que tuvo que mutar en las últimas horas, cuando la evidencia en contra era incalculable, cuando un fiscal culpó al Estado de encubridor en complicidad con un sistema judicial enchastrado de irregularidades, donde el mismo juez que investiga es el señalado de desaparecer al joven.

Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, estuvo en Senadores a los pocos días del hecho, ocurrido el 1 de agosto. Defendió a rajatabla el accionar de su jefe de Gabinete, Pablo Nocetti, que "estaba de paso" pero después resultó que no, y sostuvo que no iban a cargar contra ningún gendarme. A los pocos días, hablando del expediente, renovó la "teoría de los dos demonios", discurso habitual del macrismo que hace retroceder décadas las conquistas mundialmente reconocidas en Derechos Humanos. Hundida en contradicciones, la Casa Rosada prefirió guardarla, y evitar que siga hablando en público.

A la par, la militancia macrista contragolpeó las multitudinarias movilizaciones pidiendo la búsqueda del joven con la ya tradicional receta: buscar qué pasó antes para evitar hacerse cargo. Y así surgió Julio López, por ejemplo. Una paradoja, porque los mismos que dicen que "fueron nueve mil" y tocan bocina el 24 de marzo porque no pueden cruzar en el semáforo por la Marcha de la Memoria, se acordaron ahora de un testigo clave en contra de un genocida de la última dictadura cívico militar, cuyo testimonio le valió la desaparición.

Algunos operadores se encargaron por su parte de criminalizar a la comunidad mapuche, vinculándolos con grupos terroristas, con resistencias armadas, con guerrillas. Y con el gobierno anterior, claro. Delirios, especulaciones, sentido común, ignorancia absoluta de los procesos históricos e hipótesis infundadas inundaron canales durante horas. Un proceso que exacerbó además la peor cara de una clase media que sale a marchar por fiscales federales muertos en Puerto Madero con prontuarios discutibles, pero no por artesanos. Porque "debe estar escondido", o "porque se fue a Chile".

Pero también desnudó una realidad: unir a los argentinos es imposible. Porque no existe ningún lugar donde 40 millones de personas piensen igual y es una mentira histórica que todos pueden "tirar para el mismo lado". Porque existen pujas de intereses económicos y políticos que trascienden los aforismos, que son parte estructural del Estado burgués, donde opresores y oprimidos se disputan terrenos simbólicos constantemente.

Porque cualquier desaparecido es "político". Siempre. Antes y ahora. Porque al macrismo no le interesa "unir a los argentinos". Y está bien, porque sincera la auténtica matriz clasista del sistema político argentino.

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