*

Hace unos días mi amiga volvió de viaje, me contaba por teléfono que cuando abrió las alacenas un aluvión de polillas salieron como cuando se sopla un diente de león. La imagen era hermosa pero ella lamentaba las bolsas con frutos secos que tuvo que tirar y las harinas, los arroces, fideos, polenta todo lo que sospechaba podía tener huevos. Después de la limpieza pasaron unos días y nuevamente el florecimiento de las polillas. el vuelo gris en la cocina, la luz reflejándose en los cuerpos torpes.

*

Elizabeth Bishop suele venirme cuando pienso en lo que se pierde. Hay un poema hermoso y súper citado que se llama El arte de perder. Suelo ser desordenada y también olvidadiza. Hace poco buscaba un pendrive, no apareció, me olvidé; ayer abrí un cajón y estaba junto a unas lapiceras que también había extrañado sin darme cuenta. En ese caso había perdido el interés y lo recuperé al verlas.

*

El arte de perder no es un arte difícil;

tantas cosas parecen colmadas de un propósito

de pérdida que cuando se pierden no es muy trágico.

Pierdan a diario algo. Acepten la molestia

de extraviar el llavero, la pérdida de tiempo.

El arte de perder no es un arte difícil.

Practiquen perder, luego, más cosas y más rápido:

lugares, nombres, dónde era que estaban yendo.

Ninguna de estas cosas es demasiado trágica.

Perdí el reloj materno. Y miren, se me ha ido

la última, o penúltima, casa que tanto amaba.

El arte de perder no es un arte difícil.

Dos hermosas ciudades, perdí. Y algunos reinos

que poseía, dos ríos y un continente.

Y aunque, sí, los extraño, no fue una cosa trágica.

Incluso tras perderte (la voz mordaz, un gesto

que amo) no habré dicho una mentira. Es obvio

que el arte de perder no es cosa muy difícil

aunque parezca a veces (¡anoten!) algo trágico.

(Traducción en versión de Ezequiel Zaidenwerg)

*

El cuerpo también juega la batalla de la pérdida. Una amiga estuvo embarazada hasta el sexto mes y ahí se descompuso, detrás del dolor quedó la frase “perdió al bebé”. Mi abuela “perdió una pierna” por la diabetes. De chica mi hija guardaba sus dientes para que el ratón pasara y dejara plata debajo de su almohada, alguna vez preguntó qué le pasaba si en vez de poder juntar el diente caído lo tragaba o lo perdía. Tenía una recompensa su pérdida, las nuestras, las de los adultos no. Una amiga me dijo mientras jugábamos en su patio cuando teníamos diez años “papá perdió un campo”, yo no sé qué imaginé, si no encontraba el mapa, si había olvidado la ruta, si la tierra se había movido.

Creo que como mis padres eran empleados entendía de otra forma la economía, las finanzas, las inversiones. Durante un tiempo mamá me daba bonos para que fuera a buscarle algunas compras. No le pagaban con billetes. Anotaba la proximidad de los precios y sacaba las cuentas, me daba un par de bonos y yo volvía con algunas cosas. Esa cara tenía impresa un rostro de la pérdida.

Después de un noviazgo de mil años Laura perdió con Juan. Se le murió el perro. Se fue su hermana a vivir a otro país. Me dijo en un banquito en la plaza, se me perdieron mil cosas y quedé también boleada. Un primo mío que siempre vivía colgado de las palmeras de la vida, solía volver en colectivo de la facultad, un día llegó a la casa y se dio cuenta que había dejado el auto en el centro. Tuvo que volver para que no lo mataran, en su pérdida de atención absolutamente por todo, esta anécdota se la recordamos los otros.

*

Hace poco mamá perdió un anillo importante de su mano, no me refiero a la alianza sino a otro que ella le da un significado particular. Me contó tranquila que buscó por todos lados y no apareció. Siempre que algo me desaparece le aviso para que cuando me visite lo recupere. Yo no tengo paciencia. Le dejo a ella que se obsesione porque además mientras busca, mi mamá reza, cuenta otras cosas, se olvida de sus pequeños dramas, es como una niña exploradora con una posta y se le alegra la cara cuando me dice “acá apareció tu carpeta”, “este es tu pelapapas”, “fotocopiá esta partida de nacimiento, nenita, y hacela certificar” y me da el papel, el utensilio o el documento. El anillo me dice, volvió solito, le recé mucho a San Antonio de Padua.

*

En el poema La línea del desierto Alicia Genovese escribe:

“me dejo ir hacia un lugar perdido,

un país detrás de las cosas.

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