Todavía no sé sobre lo que voy a escribir. Tampoco sé qué voy a cocinar al mediodía. Qué ropa usaré a la tarde. Sé lo invariable: el horario del taller, la página en la que cargar los textos, el zoom al que debo entrar, los ingresos que tengo que esperar en tal cuenta para pagar tal cosa. Tengo una rutina que es cambiante aunque se mantiene, incluye la ducha caliente, el desayuno que mi cuerpo esté dispuesto a soportar, un té o un café con leche y tostadas, un trago de agua con limón sola y la pastilla para evitar las náuseas, la ropa siempre limpia, la cama hecha, la nena despierta, abrazada al hueso de la cadera, sin pañal shushio, con una canción que le guste, con un muñeco que quiera, un tuppercito con cereales, la mamadera tibia.

Sin nada de eso encaminado no podría hilvanar una frase y, a su vez, en simultáneo con todo eso la cabeza como perro buscando el árbol elegido, el título, la frase disparadora, el poema que me sujete la atención como un cinto para que no se me caiga el pantalón. No busco con el hocico cualquier corteza, no elijo cada mañana el tronco de siempre. En mi órbita los libros, uno a muchos, el ebook, la computadora y el celular. Mis notas, las citas de los que leo y me mando por mail, todo cerca sobre la mesa o la cama, el escritorio si llega wifi o el living.

En un taller, Santiago LLach nos contó que Fabián Casas (que es su amigo además de poeta) había escrito después de la muerte de su madre un poema larguísimo, que lo leyó y que después solo dejó esta estrofa, que es en realidad el poema entero:

Los chicos ponen monedas en las vías,

miran pasar el tren que lleva gente

hacia algún lado.

Entonces corren y sacan las monedas

alisadas por las ruedas y el acero;

se ríen, ponen más

sobre las mismas vías

y esperan el paso del próximo tren.

Bueno, eso es todo

El título del poema es Paso a nivel en Chacarita, creo que Santi dijo además que Fabián había estado en el cementerio, que había mirado todo y que solo se quedó con esa escena porque lo demás no le era funcional al texto.

Con mi amiga Manuela damos un taller de escritura cada martes desde hace cinco años. Elegimos ejes distintos para cada temporada, tenemos una vez al mes clínica de escritura que sería hacer este trabajo de cirugía, qué puntos le damos, que órgano quitamos. Una operación con quirófano de tachaduras y alternativas.

Noelia Torres es también mi editora, yo escribo todos los días de mi vida. Aprendí a hacerlo como a lavarme los dientes. No podría salir a la calle sin la boca limpia. Tampoco podría publicar un libro sin que ella lo lea primero. Noe no sabe qué tan fundamental es para mí ella en mi escritura.

Hay un poema hermoso de Gianuzzi que abre una perspectiva del padre que espía o que ve a su hija haciéndose mujer por fuera de su lazo.

Mi hija se viste y sale

El perfume nocturno instala su cuerpo

en una segunda perfección de lo natural.

Por la gracia de su vida

la noche comienza azul y el cuarto iluminado

es una palpitación de joven felino.

Ahora se pone el vestido

con una fe que no puedo imaginar

y un susurro de seda la recorre hasta los pies.

Entonces gira

sobre el eje del espejo, sometida

a la contemplación de un presente absoluto.

El instante se desplaza hacia otro,

un dulce desorden se inmoviliza en torno

hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse

anuncia que todas mis opciones están resueltas.

Ella sale del cuarto, ingresa

a una víspera de música incesante

y todo lo que yo no soy la acompaña.

Cuando además de escribir, acompañamos a otrxs a hacerlo, espiamos el proceso y a su vez nos mantenemos acompañando eso que no somos, que no nos pertenece pero que estuvo cerquita de nuestro cuerpo.

El problema de muchas personas que escriben es que se toman muy en serio y no son capaces de soportar un párrafo completo tachado, no pueden tolerar frases solemnes escritas bajo la bendición de las musas más originales que estén en el basurerito virtual. La entrega de un texto propio a la mirada ajena es un acto de confianza y de seguridad más que de inseguridad, yo creo que fallo muchas veces, creo incluso que todos mis textos son olvidables, por eso cuando Noe, Horace, Marina o Ferny (los editores que he tenido) me sugieren cambios o recortes, no dudo en su criterio. La tijera va en favor del texto, no a ensartarse en mis vísceras del ego. Una vez oficiando de editora de otrx me pasó de sentirme de pronto en una disputa. El escritor quería dejar todo como estaba y que yo le dijera qué hermoso, y a mí me parecía necesario buscar las formas posibles de mejorar el futuro libro. Por suerte ese trabajo se terminó pronto. La pelea va a ser siempre con las palabras. Los de afuera somos de palo en la edición.

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