La conferencia más importante sobre cambio climático de este año, conocida como COP26, también ha perecido ante la pandemia. La reunión, prevista para noviembre en la ciudad de Glasgow (Escocia), ha sido pospuesta. Esto rezaga la posibilidad de resarcir el reconocido fracaso de la COP25 (Madrid, 2019), la cual no alcanzó el codiciado acuerdo para regular los mercados globales de carbono (mecanismo por el cual los países más contaminantes deberían compensar económicamente a aquellos con menores emisiones). De hecho, el 55% de las emisiones atmosféricas planetarias las producen Estados Unidos, Rusia, China e India, todos ellos países que se opusieron a esta parte del acuerdo, incumpliendo el artículo 6 del Acuerdo de París.

Aunque todos los expertos y organizadores de la COP26 están de acuerdo en que este cambio de fecha era necesario, también están de acuerdo en que la crisis climática sigue siendo la amenaza ambiental más grave a la que nos enfrentamos. El presidente del Grupo de Países Menos Desarrollados (47 naciones particularmente vulnerables al cambio climático pero que, paradójicamente, son las que menos contribuyen al problema), el butanés Sonam Wangdi, se pronunció al respecto: “El retraso de la COP26 no debe significar postergar una acción global sobre el cambio climático", y agregó: "A medida que respondemos a una crisis, no podemos permitir que otra crisis empeore".

Donde las crisis se encuentran

Resulta interesante analizar en dónde ambas crisis (la sanitaria y la ambiental) se interceptan. Aunque el brote de Covid-19 es una crisis profiláctica, todo sugiere que es consecuencia de una profunda crisis ambiental. En este sentido, ciertas prácticas humanas que atentan directamente contra el medio ambiente pudieron propiciar esta catástrofe. En este sentido, la ministra de Medio Ambiente de Alemania, Svenja Schulze, recientemente aseguró que "sabemos que la destrucción de la naturaleza lleva a la destrucción de hábitats y esto es una de las causas de las pandemias. Buenas políticas ambientales ayudarán a reducir el riesgo para una próxima pandemia".

Cuando los hábitats naturales se degradan, sea por deforestación, expansión de la frontera agrícola o urbana u otras actividades humanas, el equilibrio ecológico de éstos se rompe. Algunas especies silvestres que habitan esos ambientes degradados pueden ser hospedadores de varios virus y otros patógenos. Por ejemplo, muchas especies de murciélagos han coexistido y coexisten con virus sin necesariamente enfermar. Estos virus, entre ellos coronavirus, pueden ser directa o indirectamente transmitidos a los humanos al propiciarse el contacto con las personas, producto de las mencionadas degradaciones ambientales. Estos contactos se multiplican y profundizan en la medida que lo hacen las malas prácticas ambientales. Este es el caso del SARS-CoV (Síndrome Respiratorio Agudo Grave) surgido en 2002, y probablemente también lo sea este SARS-CoV-2 (o Covid-19), aunque esto último es aún material de investigación científica (y terreno fértil para las más diversas teorías conspirativas).

La ciencia deja claro que las prácticas insustentables del desarrollo humano alteran el orden de los ecosistemas naturales y tienen impacto directo sobre los medios de vida, desde la salud hasta la economía global. Esta dramática crisis humana es un ejemplo de lo vulnerables que son los países (por más desarrollados que se auto-proclamen), las sociedades y las economías ante la creciente degradación ambiental, pérdida de biodiversidad y cambio climático.

El Dragón Rojo y el efecto rebote

China, uno de los mayores emisores de CO2 del mundo, ha visto en febrero de este año sus emisiones reducidas en un 25% debido al confinamiento y consecuente parálisis industrial causada por el brote del coronavirus. Una reducción que notablemente equivaldría al 5% de las emisiones globales. A esto se suma que las emisiones de sector aéreo global se redujeron en un 10%, tan solo debido a la cancelación de vuelos desde y hacia China.

Sin embargo, las mencionadas reducciones probablemente poca relevancia tendrán en la agenda de la pospuesta COP26. Hoy, la contaminación atmosférica china está retomando sus valores previos a la cuarentena, a medida que ésta se flexibiliza y que las actividades económicas se reanudan. El pequeño logro climático palidece ante las nuevas medidas del Gobierno de Xi Jinping, donde una economía no sustentable vuelve a ser timón y timonel. De acuerdo a Lauri Myllyvirta (Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio, con sede en Helsinki) “los legisladores chinos están impulsando la actividad industrial para compensar las pérdidas anteriores a través del lanzamiento de cientos de proyectos de construcción que generarán demanda de acero, cemento y de muchos materiales contaminantes que no se han podido usar durante el confinamiento”. Esto puede ser una señal temprana de que las tendencias atmosféricas positivas observadas durante el pico del período epidémico podrían no sólo revertirse sino escalar rápidamente por encima de los valores previos. De ser así, el ambientalmente temido “efecto rebote” será inevitable. El Dragón Rojo, aunque aletargado por el virus, hoy despierta con renovada voracidad.

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