El tipo que asesina a su expareja, el que abusa a un niño, la mujer que usa a su hija pequeña para robar en un local de la Peatonal, el funcionario que malversa fondos de salud o educación… A todos les cabe el término “hijo de puta”, según los comentarios de los lectores de noticias en las redes sociales. También aparecen variantes como “hijo de mil”, “de re mil puta” y sus siglas “HDP”, “HDMP”, entre otras.

Según la Real Academia Española, la expresión es una forma vulgar de denominar a alguien "mala persona" y su carácter ofensivo radica en la utilización de la palabra "puta" -un sinónimo peyorativo de prostituta- para referirse a la madre del insultado.

Pero no sólo se le atribuye a autores de hechos indignantes. También se llama “hijo de puta” al que saca millones en el Quini o el que convierte un gol al ángulo de mediacancha. ¿O no?

Ya en Don Quijote de la Mancha -obra cumbre de la lengua española que data del siglo XVII-, Sancho Panza emplea el término “hi de puta” -en castellano antiguo- para alabar el sabor de un buen vino. “Digo que confieso que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle”, explica el personaje de la literatura cuando es inmediatamente cuestionado.

Lo cierto es que, ya sea para realizar un cumplido o para insultar, el uso del “hijo de puta” está absolutamente instalado en nuestra lengua y casi nadie cuestiona esta convención. Hagamos el ejercicio de colocar el término o sus variantes en el buscador de los distintos chats y grupos de WhatsApp que utilizamos para comunicarnos cotidianamente: el de los amigos, los familiares, los compañeros de trabajo. ¿Cuántas veces aparece?

Es verdad que el escritor argentino Roberto Fontanarrosa defendía el uso y la “condición terapéutica de las malas palabras”. “Mi psicoanalista dice que son imprescindibles, incluso para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas”, señaló en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en Rosario en 2004. Pero aquella jocosa exposición versaba sobre tres expresiones determinadas que fueron citadas: “pelotudo”, “carajo” y “mierda”.

Sucede que el no mencionado “hijo de puta” -uno de los términos más utilizados si hablamos de malas palabras- no dice algo de la persona, del insultado o el alabado, sino de la mujer que lo parió. En ambos casos, remite a la madre y la ofende: la llama “puta”.

El "hijo de puta" no dice algo de la persona sino de la mujer que lo parió. Remite a la madre y la ofende: la llama "puta"

El punto es que esta convención irreflexiva, tan poco cuestionada, no es casual. A través de la historia, en las significaciones sociales que construimos mediante el uso del lenguaje, algunos significantes se han impuesto sobre otros. Es que las palabras que utilizamos cotidianamente responden a estructuras de sentido y una de ellas, la más exitosa y que goza de buena salud a pesar de los actuales esfuerzos por desterrarla, es la del machismo patriarcal.

Si acaso no vivimos en un patriarcado, ¿por qué no se insulta al padre de la forma permanente en que se lo hace con la madre? El “hijo de puta” y variantes del estilo “la puta que te parió” o “la concha de tu madre”, son micromachismos que hemos naturalizado: expresiones cotidianas que aparentan ser inofensivas o hasta humorísticas pero que abonan y refuerzan la violencia de género.

Ahora que lo sabemos, deberemos preguntarnos si queremos seguir llamando putas u ofendiendo de distintas formas a las madres de todas las personas que merecen, en sí mismas, nuestra desaprobación o felicitación.

Quizás sea hora de que, haciendo uso del nutrido universo de vocablos que ofrece un idioma tan rico como el nuestro, el que mató sea asesino; el que malversó fondos, corrupto y el futbolista, un gran goleador. Y que si alguien tiene que ser enviado a algún mal sitio, sea a la mierda, y no a la madre que lo parió.

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