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Los poemas funcionan en mi cabeza como chispazos para encender otro fuego. Algunas veces los froto entre sueños. Pienso en escribir mientras duermo, se me viene una idea que se ata a otra hasta formar una gran cadena de ideas brillantes que ni bien abro los ojos e intento pasarla a letras se esfuma. Pero me queda el gusto del poema, el plano onírico anoche me trajo las costuras de Tamara Kamenszain, una poeta argentina que además fue docente y ensayista, una mujer que todos despidieron en el ámbito literario con un fuerte sentido de la pérdida. Los versos que rumié en el sueño fueron estos:

Para armar un libro hay que hacer

como las modistas que cosen

siempre del lado de adentro

y cuando dan vuelta la tela esas costuras

que ellas trabajaron confiadas

desaparecen para dejar ver

un aceptable

lado de afuera

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Wanda Nara postea unos videos en su Instagram, está en Ibiza y se tira agua encima, baila y ajusta el pecho como trayéndose el buche hasta su propia boca. Siempre que veo esos videos pienso en cómo debe ser hacerlos, en la incomodidad de abrir el espacio como insertándole un abrelatas puntiagudo al aire para que embotelle una escena, cómo logra ella concentrarse con el mundito a su alrededor con otras personas dando vueltas, fingir excitación o excitarse realmente, hacer público ese estado, etc. Después entiendo que esos videos son la respuesta a una publicación en la que la se muestra caminando fuera de pose. Ella las replica y responde algo como un defensa: tengo celulitis, mis hijas lloran, como arroz y polenta pero eso no es instagrameable. Entonces hace el video hot con el chorro de agua encima y filtros que esconden el revés deshilachado. Pienso que me parece un absurdo defenderse del propio cuerpo, que solo a las mujeres se nos ocurre hacerlo, ¿disculparnos por no estar bien?, que las peladas, papadas, pechos peludos, espaldas con solomillos, cinturas de pamplonas en los hombres se desdibujan, que tampoco tienen que montar producciones (gracias a dios) volcándose cosas, que si lo hacen es un gesto femenino, que las costuras no siempre y en todos bien cosidas y para adentro.

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Un nene va al quiosco de la escuela todos los días y pide en su cuenta que le paga su mamá mensualmente lo que quiere desayunar. José se esconde en cada recreo lo más lejos posible de la puerta por donde salen los chicos con billetes. A Joaquín le encantan las tortas negras y le quedan hermosas las comisuras de sus labios llenas de azúcar. Se limpia con el puño y se ríe con los ojos claros de infancia. José tiene pocos amigos y las mangas gastadas del buzo que usa todos los días. Mete las manos atrás como si fuesen parte de su espalda, como si fuese un ángel con las alas gastadas iguales al del cuento de García Márquez que caía en una costa. Lo llevaban a una casa y metían en una jaula, la gente pagaba por verlo hasta que perdía el asombro y los duelos se quejaban por ese miserable “Señor muy viejo con unas alas enormes” que encima les salía caro. José tiene un pozo en la mirada pero nadie se anima a mirarlo porque se abisma, nadie le pide deseos a ese pozo ni le arroja monedas desde lo alto, José abre las pestañas largas y se rajan los trajes de los señores.

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Una vez escribí un texto en el que narraba un día con mis hijas sola. Una lloraba mientras manejaba, la otra leía mal el mapa de google, yo desquiciada daba vueltas en todas direcciones, frenaba y daba la teta, seguía hasta encontrar el objeto perdido de la mayor, llegaba a casa y hervía arroz. Una mujer me escribió por privado para decirme que no contara esas cosas si yo sabía escribir poesías. Al margen de mi respuesta, pienso en que la mayoría de las personas no están listas para verse en pantalla completa. Mejor el recorte, la toma con el filtro y agua cayendo suave por los muslos. Pero la vida tiene días que nos levantamos enfermos, que el flequillo es una escoba de paja, que la autoestima baja hacia el subsuelo, que comer es una necesidad y no foto de autor para recibir reacciones felices de nuestros seguidores. Me encantan los platos lindos pero nunca comí nada más rico que lo que preparaba mamá que jamás decoró una sola receta. Me gusta el estilismo de las redes con sus tonos de sol cayendo sobre la arena pero de chica nos manguereábamos en nuestros patios y pegoteábamos la piel con aceite y coca cola para agarrar un color caribeño. Quizás nos acostumbramos a revelar la foto buena para los portaretratos y a eliminar las otras tan llenas de verdad.

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