viernes 17 de mayo de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones entre talleres

Fragmento de diario

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Diario de los talleres

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La ansiedad me envalentona, me entorpece la lengua. Soy más bruta cuando estoy ansiosa y también soy más cachorro, más dispuesta a buscar el palito que me tiren.

Me gusta la sensación de lo que viene desde la distancia y que se abre al final de las costillas, la respiración más grande como hecha con la boca de un hipopótamo. Los talleres me dan esa adrenalina, como me pasaba todos los primeros días de clase cuando daba Lengua y Literatura en secundarias. Sentía el temblor alegre en las escuelas rurales, en las nocturnas, en las que conocía de toda la vida por haber sido alumna, en las nuevas de la ciudad, en las pobres y en las instituciones creadas por Sarmiento.

Ahora me ocurre en los talleres, hace veinte años que doy clases, dos décadas en las que las arcadas son pequeñas olas que surcan las vértebras hasta abrirse en un Buenos días, Buenas tardes, Buenas noches. Un saludo según la ubicación del sol.

Doy clases y las tomo interminablemente. Quiero ser alumna toda la vida es una decisión que me lima los callos de las certezas, el copete bajado de lo que considero aprendido. No sé nada de nada y siempre la curiosidad me lleva a inscribirme y a invertir tiempo y dinero en formación, por viajes, por niñeras, por inscripción, por cuota, por lo que sea. Clases magistrales, talleres con autoras que admiro, seminarios intensivos, rodas de lectura, festivales que puedo recuperar por plataformas digitales. Un acceso infinito que en vez de saciar la sed, me drena. Quiero estar más avispada, escuchar cosas mejores, sentir cómo modulan los versos estas poetas, salir de mi cuerpo y pararme como un pajarito sobre el cable no para cantar, para escuchar cómo mueven las notas del silencio quienes saben más.

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