jueves 13 de junio de 2024
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En las heladeras: culitos de mermelada, un paquete de un adler sin terminar, la última esquina de un queso sardo duro como una uña.

En los baños: jabones que se pegan como arcoiris, grietas que se abren y los despegan, el bostezo contra el espejo, la pinza desafilada.

Las cabezas con entradas como pistas para aviones, los pelos abriendo mechones blancos, lunares sin tinta, talones rajados como tejidos viejos. Las bocas de hipopótamo con agujeros.

Cuevas entre las costillas, un lobo aúlla contra los latidos, la sangre se entorpece, los sueños tienen neblina. La única luz encendida entre los párpados. Caballos duermen en las rodillas.

Las articulaciones afónicas: nadie habla. Perdimos el perdón y el moho se come el pan en la cocina.

La iglesia de mi barrio volvió a estar abierta, antes los curas se tomaron en serio la pandemia. Agarraron el auto de la diócesis y salieron a buscar novias. Ahora en la fuente de agua bendita, la hija menor revuelve la mugre que decanta hacia un fondo interminable. Por qué las lastimaduras en los empeines, por qué la corona de reina hecha de espinas. Por qué caminamos tan rápido, mami.

Empecemos de nuevo: abramos las puertas: tiremos los envases vacíos dentro de la caja fuerte del futuro. Habrá miseria para recordar que antes no la hubo. Habrá amor y clemencia. Sin solemnidades: digamos que es un asco juntar restos de jabón, hacer manualidades con rollos de papel higiénico, exhibir el abandono como un fariseo: la cara de pena tatuada para parecer mejores.

Despeguemos la frente del suelo, esquivemos las cagadas con olfato, los niños y las mujeres del lado de la pared en las veredas, los cuerpos grandes sobre la calle.

Escribamos el evangelio de los días comunes: buenos días, querida, ¿dormiste bien?.

Enseñemos las orejitas de conejo que se cruzan hasta atar un moño en las zapatillas. ¿La viborita es de cuál letra, mamá?--del sol y de sal. No, pero de los nombres.

Armemos alfabetos espontáneos. Mi amigo imaginario tenía nombre y apellido, ahora no sé dónde vive ni si tiene que acarrear cartón en las avenidas empinadas. Señora, la tarjeta del estacionamiento, ¿le lavo el parabrisas? Serás vos, Olerí Otaño.

Suspendamos el tiempo de los tímpanos adentro, somos los gusanos en nuestras manzanas, asomamos al mundo de los restos con extrañeza de pertenecer. Las pelusas del ombligo caerán en otoño. Nadie las barrerá excepto nuestras madres, las mujeres serán siempre empleadas municipales.

Volvamos al principio: la heladera está sucia como una boca que calla.

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