miércoles 17 de abril de 2024
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Intraducibles

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Cosas intraducibles

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Hace días que siento que me desvanezco, no lo hago pero tengo la energía baja y el calor tiende a dejarme con pocas ganas de salir. Generalmente, si el clima es bueno también prefiero quedarme en casa. Escribir es como maternar, una tarea de tiempo completo. Mientras no se escribe, se lee, mientras no se lee se piensa en qué escribir o leer. Mientras mis hijxs juegan siempre cerca de mis cosas con Marcela, escucho de qué hablan e intervengo, amamanto al menor, les digo qué ropa ponerse (en vano siempre con Francisca), dirijo las compras y cocino religiosa y diariamente para que los alimentos sean saludables y el gusto casero. No dejo de ser madre, como tampoco dejo de ser una mujer que escribe y arma líneas en el aire mientras viaja. Escribo en la obstinación de saber que lo que hago no le cambia la vida a nadie, excepto a mí, y también por la devoción por el lenguaje y sus deslumbrantes maneras de combinarse para mostrarme señales que en el mundo fuera de él, no sabía que podían existir. En La escritura indómita, libro que sigo releyendo con detenimiento, Mary Oliver dice que los animales son quienes verdaderamente sueñan, lo dice porque antes escribe que Adán redujo su horizonte al ponerle nombres a las cosas, y que como los animales carecen de esa visión, pueden entrar en sus sueños con más libertad. Me gusta esa idea, hace unos días soñé un poema completo que yo misma me iba dictando, recuerdo vagamente que los versos empezaban breves y crecían como una cascada. Sólo eso, no sé de qué trataba, ni la música exacta pero sí la sensación de hamacarme mientras me dictaba en voz alta las palabras que formaban versos. En algunas conversaciones sobre mi madre, cuento que ella vivía con una música de fondo, algo invisible y muy íntima que se traducía en movimientos de sus dedos, los labios serpenteando como un barrilete, los ojos mirando hacia adentro, hacia algún lugar que no tuvo nunca un paisaje para mí. Mamá dice haber tenido un piano y haberlo vendido para casarse, solfea canciones pero jamás tocó una tecla delante mío, yo le creo por otras razones. Quizás esa música que rememora con la postura del cuerpo y la inclinación de sus manos, sean su único secreto. Después mamá ha podido ponerle palabras a todas las cosas, ha buscado en su memoria nombres de parientes, los ha ubicado en calles y ciudades, me ha descrito hasta el cansancio los enredos de la sangre que hasta ahora pierdo en los tres primeros datos. Pero esa música del reverso de sus ojos, aún persiste en ella, como una perla en la ostra, con todos sus bordes perfectamente sellados, y aún así por fuera puede parecer un caracol que un niño apoya sobre su oído para descubrir el sonido que no cambia nunca. Como un sueño que jamás podríamos traducir, como un poema dictado con agua, como un sueño en el lomo que duerme en el bosque.

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