miércoles 14 de febrero de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones sanguíneas

Los fuegos

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Todo lo que hago, lo que he hecho y lo que digo es, en cierta forma, una manera de deshacerme de mi madre. Mis hijas me destrozan diariamente, usan mis frases para apuntarme. Nos cazamos, pienso. Ninguna es asesina y sin embargo mantenemos fija la imagen en la mira. No, no buscamos la muerte de la carne, buscamos la poda que hace que la rama florezca. -No creo en las soldaduras, si está roto dejá que las partes queden separadas. -No, hay que insistir, con el abrazo del calor, fundir los puntos de vista en resoluciones. Siempre los debates en la palabra, en pensar las cosas juntas. Insistimos en nuestras perspectivas. No, no nos ponemos de acuerdo casi nunca y sin embargo casi siempre volvemos a escucharnos. Decime qué creés que hay atrás de esto. Me gustan los poemas Sharon Olds sobre ser hija y sobre ser madre, la herencia que se quita, la mirada de la que se libera también soltándo a su hija de los ojos arpías de la madre. La literatura sobre la maternidad parece reducirse a ser leída por cuerpos que engendran, sin embargo, yo creo que ahí residen los grandes temas universales: los días dedicados eternamente a un otrx, el amor, el odio, el desplazamiento, la unión, el perdón y la ofensa, el cuidado y el descuido.

Mientras trato de escribir siempre la interrupción es la misma: un pedido: llevame hasta el correo de la grande, haceme la memi tibia de la chiquita, el llanto por la teta del bebé. Tres bocas infatigables ante la demanda. Yo llamo por teléfono a mi mamá y le digo “esta está insoportable” o “este está enfermito” o “justo hoy quedé sin niñera”. Mamá me aconseja y yo le retruco: no debería ser así, no está bien, después salen hijos como alguno de los que vos tuviste. Me atrevo a decirle a mi madre todo lo que pienso, me arrepiento después de la incontinencia y del filo, como nos animamos con mi hermana y mis sobrinas a contarnos lo que nos pasa, sin honestidad no hay posibilidad de ser humanas. Mujeres, hijas, madres y hermanas. La sangre hirviendo o en reposo, la temperatura que le falta a la otra. Los fuegos que nos incineran y nos mantienen en vilo. Organismos vivos que se templan para no estallar o que estallan para reconstruirse. Los domingos jugamos en el suelo con los chiquitos y mientras hablamos, algunas veces lloramos, siempre nos reímos, no hay barreras en la forma de nombrar lo que nos duele, lo que nos emociona. Francisca que tiene tres años nos mira y pregunta si tenemos tristezas, así llama ella a las lágrimas, después nos mete una muñeca entre las manos y nos dice que la peinemos. Nos gusta el barullo de estar juntas. Aunque mamá no viva en la misma ciudad, todas la nombramos, de ella se desprenden otros nombres pero es un centro neurálgico para entrar en los menúes, en las calles, en la forma de resolver problemas. Una madre como una ciudad, pienso. Unas hijas como el motor necesario para moverse. Escribo gracias a estos lazos.

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