viernes 14 de junio de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones quemadas

Los acantilados

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Los acantilados

Usaba una bolsa de agua en los pies para dormir, porque el frío me atormenta desde siempre. Un día estaba tan hirviendo el agua de la pava, que al cerrar el pico de la bolsa de goma, se acumuló aire y cuando apoyé los pies encima, la bolsa estalló en la cama. Tenía diecinueve años, abrazaba a mi primera hija recién nacida en la casa de mis padres. Grité tan fuerte que mamá vino a ver qué me pasaba, sacudí a Pipi con el impacto del dolor. No llegaba a pesar tres kilos, vivía encima mío como otra piel, mi beba recién venida al mundo del aire percibía el rasguido doloroso, el impacto del daño y lloró por primera vez junto a mi alarido.

Ese invierno tuve que estar descalza hasta que las quemaduras se curaron a fuerza de gasas furacinadas (nunca más me olvido de ese nombre), mamá me llevaba al médico y después íbamos hasta la vereda de una curandera que salía de su casa y se acercaba al auto donde estaba yo, con los pies al aire, me curaba de palabra, con amuletos y la boca emitiendo sonidos ilegibles. Al medicamento y al hechizo, mi madre le sumaba sus rezos y los cuidados permanentes.

Entonces pienso que hacía frio, y que el cuerpo del postparto era insoportable pero que también hubo mucho calor. María Paz que se acurrucaba en mis bordes, su silbido casi asmático de prematura sobre mi pecho, el tamborileo de la kinesio en su espaldita, las manos necesarias calefaccionando los temores. El precipicio de mi juventud como madre que caía sobre los acantilados del amor, y sobre los escalones del dolor, los pisos de las ruinas, como de antiguas civilizaciones que construyen sus casas en la piedra, con la fachada de frente al océano, con la mirada clavada en lo interminable, con la brisa de un mar que jamás se rinde pese a todo.

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