lunes 8 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

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Jardines

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Cuando llegué a esta casa, las plantas estaban raquíticas, no crecía ni el pasto de flaca que estaba la tierra. Se abría un lomo gris que se notaba como si una ballena estancara su paso entre medio de la sombra también esquiva. Ahora el jazmín se mantiene florecido todo el año, las enredaderas cubren todas las paredes, las palmeras doblan su tamaño, el limonero tiene frutos verdes que brillan por su cáscara. Se congregan mariposas, tacuaritas, loros, benteveos, unas pocas palomas, una pareja de picaflores que vienen a pinchar cada centro de la flor violeta. El pasto engorda sus brotes aunque camina encima suyo. De chica me gustaba arrancar flores salvajes y chupar la parte más cercana a la raíz, la carne tierna como la comen los corderos recién nacidos. Todos los jardines se funden en la memoria: no hay recuerdo sin perfume a malvón, incinerando la nariz como un zorrillo, uñas negras, manos ajadas imitando vasijas, el barro en la piel o la piel de barro, las lechugas abriendo su centro como una cara cuando se despega del cuerpo de la madre. Todas las caras nuevas de las plantas en mi cara: fresquita como una lechuga. Me gustan los jardines, los helechos prendidos del muro, las cosas que asoman un tallo y son vistas por primera vez, las cosas recién estrenadas y los gajos viejos que reviven en otra parcela de tierra. Regar está entre mis placeres grandes, decía Gabriela Mistral, yo veo caer las gotas de lluvia durante días sin salir a pisar la tierra mojada, o puedo pasar el calor más intenso con la manguera en mi puño y mi sombra aferrándose diminuta sobre la mollera. Un lunar de sol y el reflejo tibio inaugurando arcoiris delante de mis hijas. Me gusta todo lo que tiene sed y traga hasta desdibujarse. Algunas veces el agua de la pileta plástica de la chiquita se vaciaba de los baldes que iba tirándole a las plantas como si fuesen pintura, una obra que teñía todo de un verde más oscuro, de una estructura más rellena, las paredes oscurecidas del olvido de los dueños. Este jardín es mío mientras lo cuido, igual que mis hijos, por eso me gusta ser madre y por eso quiero cocinar cada día: estar atenta a la llama, no pasar las pastas de cocción, no arrebatar la carne sobre la plancha, ventilar sin que el aire se levante hasta los repasadores, que no haya humo, ni chispazos, que se sienta un aroma agradable pero que no impregne la ropa, ni los pelos. Hay que estar en las pequeñas cosas: cáscaras para las lombrices, semillas en agua, las hojas del burrito escamándose para los mates venideros. La mochila con la merienda, la leche fresca, los dientes limpios y la nariz vacía. Hago cosas que me hacen sentir bien: si no cuidara mis plantas odiaría estos paisajes, si viera a mis hijxs enfermxs y abandonadxs, no soportaría mi cara encima de mi cuerpo, mis ojos absorbiendo los baldíos. No es por los otros, es por mi, un acto egoísta que se ve heroico por fuera. Hay que desnudar nuestras miserias, dejar que se note la ortiga entre las flores, acariciar su hoja. Reconocer que enamorarnos de nuestra supuesta bondad es peligroso. Las cosas por otros se vuelven razones mías, como si arrancara pimientos rojos para morderlos, quiero a este hijo lleno de hambre en los ojos, la pupila como un pozo. Quiero este presente, el tiempo lleno de cosas que jamás marchitan.

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