martes 18 de junio de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones sin heridos

No siempre no hacer nada es no hacer nada

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Anotaciones sin heridos

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Acaricio caballos como se pasa la mano por las ramas que se vuelcan cerca de la cabeza, sin exagerar: los caballos siempre se me acercan, apoyo la mano en la bajada del perfil, entre medio de sus ojos mi palma grande abierta como una catedral, la piel depositando una plegaria. Repito la acción caminando por calles de pueblos a los que vamos los fin de semana con los chicos a mostrarles animales de granja, árboles inmensos y aire con olor a campo. En los caminos de tierra me gusta caminar, juntar flores silvestres, buscar insectos. Y ahora que volví a ser madre de niños pequeños, recupero la infancia de poder hacer más cosas inútiles como buscando un sentido que no sea práctico. Una pulsión de vida en presente, un acto que no pretende más que ejercitar el asombro. Un día un potro se levantó en dos patas, me miró y se puso a orinar con la fuerza de un tren. Las señales de su cuerpo me hicieron sentir que se había enamorado de mí. Me dio miedo y subí al auto corriendo.

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Hace unos días fui con un amigo a ver un recital, una especie de espectáculo para gente mayor que no quiere estar parada mucho tiempo y que disfruta en calma de cosas que se supone se hacen con más exageración, el público en su mayoría pasaba los cincuenta y el resto eran parejas gay y un par de drag montadísimas que encontré en el baño y las vi salir como en una fuga. Me pareció bien estar cómoda escuchando música, pudiendo apoyar mi cabeza sobre el hombro conocido de mi amigo que cantaba y se entregaba a la emoción. En una canción que dice “piensa en mí si precisas un consuelo, si te falta un te quiero, no lo olvides por favor, piensa en mí”, Ferny me dijo ay, la puta, siempre lloro acá por mis sobrinas.

Hay algo hermoso en conocer el tren subterráneo que se conduce por los interiores de un amigo, creo que esa es la base de la amistad: el despojo de vueltas para decir me pone triste esto, me da alegría aquello. Con la tranquilidad de saber que esa confesión no nos cambia la energía del vínculo, y que el secreto, aunque parezca ínfimo, está a resguardo. Creo que, por entender las cosas de esa forma, es que cuando supe que Valeria Lynch iba a estar en Paraná, quise entradas para nosotros dos, sabía que Ferny cantaba de memoria cada canción y sabía que nos iba a hacer bien estar solos juntos, tener un momento más de colección en nuestra lista de asuntos personales que ya lleva unos meses más que veintitrés años.

Caminamos enganchados de brazo, como los matrimonios, el frío no se sintió como pensaba, adentro nos sofocó el calor de la calefacción. Valeria Lynch me gustó tanto que le mandé videos a mi mamá, ella los miraba en el mismo momento y me respondía “MARAVILLOSA” todo en mayúsculas y yo mientras la cantante daba sus tonos más altos, escuchaba a mi madre.

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En muchos retazos de mi memoria mi mamá y mi papá caminan tomados del brazo delante mío, en la plaza dando vueltas, en el acceso a Viale por la ruta 18 hasta un monolito que había hecho un artista local que murió joven y me daba clases de dibujo, mi hermana también había ido ahí, en su taller sobre la avenida. Tenía el pelo largo, era flaco y no encajaba con las apariencias del pueblo. Un artista en una ciudad chica no entra, pienso, tiene que salir para crecer o para poder mirar todo sin que le pese la mirada que ejerce una especie de juicio y castigo.

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En el taller de escritura que tomo, una mujer grande está en Italia, mientras lo cursa allá es de noche. La señora mira la pantalla con el mismo gesto que tienen los cuises que se resguardan entre las matas de pasto seco en el campo. Atrás de ella se ve una pava sobre la hornalla, azulejos amarillos, utensilios que penden de ganchos. En casa siempre había un rulo de cáscara de naranja, una manopla tejida, otro agarrador ancho de tela gruesa pero mamá decía tengo las manos de amianto, no me quemo ya y agarraba las bandejas del horno como un herrero que maneja cosas recién fundidas. Quizás por eso con mi padre se tomaban así del cuerpo mientras caminaban, y cuando dejaron de hacerlo, no pudieron recuperar más el eslabón.

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En el ingreso a Aldea Brasilera frenamos en una farmacia porque la garganta me duele mucho, Dani me compra remedios, los tomo con el agua de los nenes. Con Francisca bajamos a mirar ovejas que pastan en el jardín de la casa del frente, me gustaría vivir así, una casita ni tan fuera ni tan adentro, un parque con animales que coman el pasto y lo mantengan prolijo, mirar por la ventana y ver nubes, gansos, algunas especies que combinen con el frío, tener cerca una ciudad grande y otra chiquita.

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En el comedor de Irene pedimos lo de siempre, Francisca envuelve tallarines y los levanta con un silbido hacia adentro. Los labios se le mojan con el tuco, recorro los cuadros, las alacenas con botellas, los banderines del decorado, miro cuántas personas entran: llegan los colectivos que traen gente grande que pasea por las aldeas alemanas que hay en esta zona entrerriana, miro a los motoqueros que usan ropa de cuero como un disfraz de villano. Comemos temprano y salimos antes que llegue la multitud, después hamacamos a nuestros hijos, nos tiramos de un tobogán juntos, sentimos la velocidad que le damos al viento con las piernas estiradas. En una gruta de la Virgen, mi hija reza la oración de su escuela, yo la que aprendí a su edad en la mía con mis maestras.

–Sabés que más me pasó en el recital, que me olvidé de contarte, que encontré a mi seño de primer grado, nos abrazamos y dijimos te quiero mucho Miriam, te quiero mucho Belén. Me emocionó.

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A la tarde, vimos videos del comedor incendiándose. El humo subía como ensombreciendo el cielo. Irene, la dueña, nos mandó un audio contándonos que no había heridos y que pese a la desgracia, había suerte en eso, que de todo se sale adelante, que las pérdidas fueron solo materiales, que gracias por preguntar.

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