sábado 20 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones frente a un niño que escarba

Trazos

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Por Belén Zavallo

Hay un gesto que me gusta para pensar la escritura y es el del nene que hurga en la tierra pese a que le duelan algunas piedras, pedacitos de vidrio que se incrustan, astillas que abren las comisuras de los dedos y de los labios. Esa forma de la boca de partirse por demás cuando en el estómago las cosas no se asimilan. Ese lenguaje previo al texto. Un músculo sin ubicación precisa que se contrae. La pulsión o el soplo entre los dedos, el remolino desde la panza diciéndonos que hay que hacer algo para que aquello que sucede tenga nombres, tenga palabras que lo desovillen. La imagen del niño hurgando y el pelecho ya más duro, curándose sola la cutícula. El nene agachado hablando con la disposición del cuerpo: para averiguar qué hay más adentro, hay que ensuciarse las manos. Entonces pienso que cuando escribimos, tomamos la actividad o el oficio con la misma seriedad con que en la infancia queremos averiguar de qué está hecho el mundo. Y nuestro mundo tan igualito al de cualquiera, tiene sus formas para ser nuestro y ahí están las lenguas, la música de las lenguas. Entonces cómo decimos ahora si en la escuela, en la facultad, en las profesiones nos dieron moldecitos que nos permiten entendernos y comunicarnos. Solo usar las palabras cuando sirven para algo. Ahora de grandes nos preguntamos cómo usamos la lengua, la nuestra, para escribir libremente y para escaparle a las ocupaciones. Qué reglas rompemos para volver a aprender a tener esa misma curiosidad primera. Escribir es ir hacia lo que menos conocemos, nuestro cuerpo podríamos decir parafraseando a Viel Témperley. Y también es ir con rebeldía y con herejía en contra de lo que nos enseñaron. Por qué dejamos que nos quiten la música del silbido, las i griegas arrastrando sedimentos, los nombres de los pájaros y de los indios. Escribir es ofrecer una segunda chance al oído, quien fue el Adán y la Eva que nos dijeron esto se llama chicharra, esto que crepita es la chispa, esto que te adelgaza es el amor. Ponerle tonos y voces a la memoria, sabiendo que esta memoria es nuestra ficción. Sabiendo que este hurgar es un invento para fundar nuestro propio e íntimo mito. Nuestro propio e íntimo jardín, huerta, almácigo, nuestro cultivo hecho de letras y sonidos, de evocaciones y ancestros.

Escribir es reparar la herida, decía Alejandra Pizarnik, pero también es abrirla, es nadar en ella con un cuchillo sin filo, una guadaña que nos abra un canal que apenas vislumbramos pero que desconocemos por completo. Y otra vez, como el niño escribir es ir en una búsqueda hacia lo desconocido. UN descubrimiento del asombro. No nos lastima escribir pero tampoco salimos ilesos de la experiencia. Decía Clarice Lispector escribo como si fuera a salvar la vida. Mi propia vida. Yo pienso que escribo como salvando y descubriendo mi vida, mi lengua para decirme cómo vivo y cómo pienso. Pero también para volver a escuchar a mis muertos y a mis vivos. “Calor de perro. La cara fruncida de este calor de perro.” Un repasador en la mano de mi madre que también es la suya y la bisabuela. Ese trapo convocando a todas las moscas como si fueran musas.

Delante de la tranquera, un hombre deja su reposara. Se sienta ahí a ver pastar sus vacas. Otra playa. Otro tiempo. Otra evocación de lo posible. Otro paisaje que se descubre. Eso es escribir.

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