jueves 18 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones escolares

La utilidad de los útiles

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La utilidad de los útiles

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Me acuerdo de los días previos al inicio de clases, la sensación eufórica por cambiar de aula, de maestra, de útiles escolares. Nunca tuvimos mucha ilusión por sumar compañeros, éramos veinte o veintidós siempre, los mismos desde jardín, diría que hasta la secundaria seguimos casi sentándonos iguales. Mis padres me traían desde Viale a Casa Tía, el negocio, para mí, más lindo de Paraná en esa época. Me llenaba de energía ver tantas cosas con etiquetas brillantes, una variedad atronadora de material que no había en el quiosco de la Estelita de mi barrio, quería la cartuchera con más cierres y pisos, los lápices Faber-Castell y los cuadernos Rivadavia. No negociaba con esas cosas, ni con el guardapolvo inmaculado, me gustaba dibujar y escribir en hojas buenas con lápices y lapiceras que no se entrecortaran, elegía el trazo fino. Mamá conservaba un guardapolvo que había sido de mi hermana, lo odiaba porque tenía puntillas bajo el cuello y era más largo, hecho con una tela más fina, lo pienso ahora más lindo que los nuevos pero los que yo quería casi azules de tan blancos y rígidos de tan nuevos era porque los estrenaba. Solía heredar todo lo que parecía vencido: el colchón de mi cama, los sweater, tapados, algunas botas de goma para la lluvia, manuales mal borrados, tazas teñidas por el té, cubiertos pequeños que antes habían usado mis cuatro hermanos. Me entusiasmaba la escuela porque era mi posibilidad de renovar cosas que me gustaban mucho, las carpetas forradas con contac, las etiquetas con dibujos, cada materia con una letra diferente, con un juego estético que quizás estaba lejos de la belleza pero que buscaba ser original, mis bocetos delirantes de arte y proyección inverosímil sobre lo que finalmente me haría feliz de adulta. Y fundamentalmente me gustaba empezar la escuela sobre todo porque sabía que iba a tener que hacer cosas junto a mi madre, cosas mías con ella, un tiempo íntimo, algo de soledad en cada una en la misma mesa, veía la importancia que ella le daba a las cosas vinculadas a la educación y también notaba que no era solemne, era práctica, nunca puso altares con las notas, no escatimó alegría por un diez pero tampoco hizo escándalo por un seis. Siempre noté, desde muy chica, las diferencias entre los sexos y las acciones en la vida cotidiana, era muy evidente que la mujer se involucraba históricamente mucho más que el hombre en la escolaridad de los hijos, y siempre sentí que la mía era quien envolvía cada lápiz con mi nombre (cosa que ya habia hecho con cuatro hijos más) pero que en ese acto se olvidaba de ella, era una entrega plena de tiempo y paciencia en un trabajo manual que no le redituaba nada, solo satisfacción o frustraciones en nuestras caras, en las expectativas que mostráramos y en el encanto o desencanto frente al ciclo lectivo. En mi caso, siempre fue alegre pasar de año, amaba mis vacaciones y el tiempo de sueño sin medida, pero desde marzo hasta diciembre tenía varias manos sobre mi, manos que me cuidaban. Cada día empezaba con mi padre que me acercaba la leche a la cama, mi hermana que abotonaba la espalda y me peinaba, mi madre en todo lo puesto en la mochila, mi amigo Flavito cruzando la cuadra de la canchita conmigo. Una serie de pasos acompañada que abrían la experiencia posterior de la fila al formar frente a la bandera: una mano sobre el hombro de alguien más alto, y la mía sobre otro más bajo, las risas cómplices, la configuración de cada cuerpo docente y su disposición en el espacio, estarían la buena, la mala, la linda, la vieja, la alegre, la monja, la joven, el chanta, la que limpiaba, la que daba terror, la simpática. Estereotipos que iban -por suerte- complejizándose, haciendo más atractivos e interesantes nuestros intercambios con las primeras mujeres (y poquísimos hombres) que nos formaban por fuera de nuestra casa. Pienso en esto mientras mi hija mayor se encarga de la lista de la de tres, a mí no me entusiasma la elección de útiles pero me emociona que ellas crezcan. Me encargo de saber qué debo comprar y dónde, qué planillas completo, qué documentos reúno, qué ropa tener lista, cómo se va a acomodar la casa y nuestros horarios con esta nueva actividad. Un montón de pequeñas cosas que ocupan el espacio mental, que drenan la cuenta corriente, que peturban el sueño, que aceleran los tonos de voz, que me quitan tiempo de concentración en mi trabajo, que me distraen inevitablemente y me hacen sonreir sola imaginando un porvenir blanco, lleno de música, con manchas de témpera, con las primeras amistades. Por su parte mi hija menor, la que iniciará la escuela, ubica sus modales, nos dice si digo esto adelante de la seño me va a retar, ensaya pasos de baile, imagina lo desconocido. Hace unos días, leí que iniciaron un exagerado operativo policial por una nena de doce años que robó resaltadores y otras cosas para la escuela. Me sentí triste, la nena que no es ninguna delincuente quería aliviar las cuentas de la madre. Natalia ahora habla en televisión, la periodista Ana Correa inició una campaña y pudieron juntar dinero para que ella y sus hermanas tengan mochilas y lo que va adentro. Al final, la buena gente le dio a la historia un final mejor, no feliz, pero lo mejoró.

Con Lucía algunas veces en lo Pirola sacamos cosas, después volvíamos y las pagábamos pero no siempre, ella vivía al lado, su mamá nos daba clases de inglés, los Pirola habían ido a la escuela con mis hermanos, otra era de nuestra edad, tenían librería y revistas, quiosco, vendían de todo, nos gustaba entrar, revisar la colección de Billiken, oler los bocaditos fel-fort, mi mamá siempre me dejaba plata y a Lu su papá que fumaba colorados y tenía bigotes, manejaba un Falcon colorado con el brazo gordo afuera, se llamaba Alfredo y cocinaba, hacía las cosas que en otras casas hacían solo las mujeres, y su madre daba clases todo el día. Su padre siempre cedía, y la mamá la retaba más, con rigidez. Me llamaba la atención cómo los roles no coincidían con lo que siempre veía. Pero mientras mamá afilaba la punta de mis ápices, yo iba ajustando esa forma de mirar el mundo y de reconocer las diferencias, muchas veces sentí algo parecido a la envidia por los varones, otras más bien rencor. Gracias a la escritura me animo a pensar en letra alta, y pienso siempre pero hay que animarse porque como mujeres evidenciar esto nos coloca en una posición que termina también siendo injusta: la loca feminista, la que siempre se queja, la que habla con prejuicios. Cuando Siri Husvedt recibió el Premio Princesas de Asturias se lo dedicó a las niñas que se niegan a estar calladas, yo siempre vuelvo a ella para recuperar la infancia y también para encontrar el ánimo necesario para usar mi propia voz.

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