jueves 4 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarila

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Mi hija me señala la frente, el borde de los pómulos, dos lunares que crecen como un terreno fungi, el rubor exagerado, las venas en los ojos, la desprolijidad de las cejas, la leve caída de la piel, la grasa sobre el cuello, el pliegue de los brazos en la parte que nacen, el ancho de la cintura, el recuerdo de los parámetros que se superponen, los tonos bordó y morados con destellos verdosos de las ojeras, plumas de un colibrí muerto bajo la superficie de la mirada. Respiro tranquila ante la inminencia de los detalles, seguro si ella me viera con el desgaste de mis años, no miraría tan bien y, por ende, también se sentiría tranquila aún con las primeras arrugas haciendo más pesados los párpados, oscureciendo mejor la noche, dotando al pestañeo de un movimiento más suave. El aleteo de un cisne que no quiere moverse de su laguna. La descripción minuciosa de mi cuerpo desde la perspectiva de mi primera hija es, aún así, punzante. Una línea que corta el molde con el filo quirúrgico de quien lo cambió para siempre a mis dieciocho años. No hay maldad, lo sé porque la antecedo en estas observaciones, sobre mí y también sobre mi madre. Un día me llamó y consultó por un poema que decía “sus brazos de murciélago”, me dio ternura y culpa, ¿por qué quería yo hacer que mi madre se viera como un animal al que usualmente despreciamos? Y aunque sepa, que no había en mí más que una búsqueda retórica, en el fondo también hubo algo cierto de lo visto. La caída de la piel flaca donde antes hubo un relleno mullido, en sus años de mamá gorda. Entonces, con la misma calma que mi madre, dejo que mis hijas entren de nuevo a este cuerpo, atropellen con su hocico y con su lengua, maldigan y bendigan al animal que las parió, bromeen, se reconozcan y adornen como a un árbol con hacha y con guirnaldas de luces, disfruten de sus visiones y de sus sueños, de los nidos que alborotan sus huesos.

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