martes 20 de febrero de 2024
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Los parques de diversiones son un portal a otro tiempo. A veces, nos creemos la película de Hollywood, los peinados batidos, la falda ceñida a la cintura y el chicle explotando a la primera luz de la luna. A mí me gustan desde chica porque en Viale pocas cosas tenían altura: algunas cúpulas de Iglesias, una fábrica ya abandonada, árboles. Después de eso todo mantenía más o menos la misma posible vista: los atardeceres sobre los maizales del ingreso, las vetas brillosas del asfalto, el sol reflejándose en los charcos de combustible por la avenida casi vacía, casi con pelusas flotando sobre ella. Cuando llegaban los parques de diversiones con sus vueltas al mundo, tren fantasma, autos chocadores y puestos de golosinas de ferias todos queríamos estar con los pies suspendidos en la adrenalina. Mi mamá y mi papá me llevaban con un presupuesto que siempre cedía. A mi padre lo recuerdo con un sweter gris en sus hombros, sacando pocos billetes de los bolsillos atados con una gomita elástica, con el cinto negro de hebilla plateada, las cejas tupidas de pelos negros, la mandíbula bien afeitada, la mirada en algún otro hombre grande como él. A mi madre con el pelo enrulado, con la cartera abriendo y cerrando bajo su brazo, pastillas de anís, monedero suelto, abrigada con un tapado hasta la rodilla y zapatos de taco bajo, con el labial mojando su sonrisa, sin perderme jamás de su vista. En la atmósfera, el mismo olor a aserrín y a azúcar quemada: garrapiñadas, manzanas cubierta de caramelo, copos de algodón de colores como colas de conejos. En la panza, la sensación de estar al borde del vómito y de la risa; en los ojos todas las luces; en la boca un círculo de asombro; en las manos el fuego de la impaciencia. Hace unos días llevamos a nuestros hijos a un parque frente a la orilla del río más mar. Cuando entramos en el carrito a la casa del terror, Francisca me abrazó fuerte, después se tapó la cabeza con la campera que yo tenía sujetada en la cintura, a la salida me objetó que cómo podía haberla metido ahí. Después me pidió hamacarse en un barco gigante que pendulaba paralelo al atardecer, subimos y al rato le hice seña al hombre para que nos bajara. “Eso me hace vomitar, mamá”. Mi hija me retó tanto que me sentí su hija, sin embargo su reclamo me parecía gracioso y seguro mi risa a ella le resultaba macabra. Nos abrazamos y compramos un copo de azúcar rosa, lo comió entre mis piernas en la rambla, mientras subí algunas fotos su hermana me dijo “yo también fui”. La nostalgia ajena se encendía en su aventura, cada una pensó en su momento: una infancia encastrada por similitudes y diferencias. Una vuelta al mundo con los pies apoyados en las nubes de un recuerdo que no nos pertenece.

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