miércoles 19 de junio de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones desgarradas: Noelia Enrique, la mujer que da de comer

Comedor Gaucho Rivero

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Una mujer me cuenta que es madre de cuatro hijos pero que además de eso se dedica a sostener un comedor barrial en el Guacho Rivero, una de las zonas marginales de Paraná. Se llama Noelia Enrique, tiene cuarenta y cinco años, hace más de dos décadas que vive en el barrio y hace quince que sostiene el comedor barrial. Su hijo mayor, Lautaro, junta cartón y Dalila es empleada doméstica, le pagan en negro, me dice, y el Lauti cobra lo que junta nomás.

Este año la situación es crítica, que es la peor que han vivido, “estoy en el movimiento de trabajadores unidos, pero desvirtúan diciéndonos que tenemos planes, les cambian el nombre al programa y después no pasan ni siquiera los alimentos. Este gobierno va en contra de “los planeros”, los planeros somos gente que trabaja, que junta cartón, que cocina y atiende a otros pobres, que le da de comer a jóvenes que estarían en la calle drogándose o a los tiros, porque no hay más opciones para nosotros.”

Cuando le pregunto a Noelia porqué se hizo cargo de fundar y de mantener en el tiempo el funcionamiento de este comedor barrial que forma parte de una red junto a otros nueve comedores en Paraná, me dice que lo hizo movida por una necesidad propia, por una sensibilidad con los pobres hambrientos, porque yo, me dice, pasé hambre y la peor cosa que se puede sentir.

En este momento son muchos los jóvenes que concurren por la copa de leche, que tienen a través de un plan municipal, pero el refuerzo no lo están pagando desde el municipio y eso complica las cosas. Porque las necesidades básicas no se detienen según la variable de los aportes, ni de los ajustes, y nadie se alimenta de discursos que prometan y decaigan en palabras infladas que se pinchan solas. Desde provincia la situación es peor todavía, nos ajustan todo, una tarjeta que no alcanza para nada.

La gente adulta que viene no sólo quiere comer, quiere hablar, hay algo que ella capta y es la falta de sensibilidad que arrastra a que el pobre sea un outsider, que no sea tratado más que como un problema, no como una persona, me cuentan que quedaron sin trabajo, la mayoría de las veces. Y vienen de otros barrios, de Los 33 orientales, del Anacleto, del Mercantil. Y nosotras albergamos a todos, porque también quisiéramos que alguien nos mirara y nos tuviera en cuenta.

Esta es una época oscura, a mí me recuerda al 2001, yo era joven pero la pasé mal, me acuerdo de lo que sufrí, no hay que olvidarse de eso para después hacer algo por otro que esté en una situación similar.

Mi trabajo como cocinera no se paga, es un trabajo que las diez mujeres que cocinamos en comedores lo hacemos gratis, porque nos gusta pero que tiene un valor que nadie ve. Si fuéramos varones, seguro cobraríamos. Pero a la mujer no se le reconoce en las tareas de cuidado, en el tiempo que destina, ni el cuerpo puesto en la tarea de escuchar a otro, de atender la desazón.

En mi vida muchas cosas me han marcado, pero una vez vi a una familia vecina que la desalojaron, y todo lo que tenían, pocas cosas pero fruto de su esfuerzo se la tiraron como basura. Sus hijos lloraban, ellos parecían desesperados, me puso mal porque no habían podido pagar el alquiler porque los echaron del trabajo. Con la señora juntamos las cosas y le presté mi casa para que las dejara hasta que pudiera buscarlas. En ese amontonamiento de cosas juntadas de la calle, estaba la historia de una familia. Y si no hubiese sido por Noelia, a nadie más le hubiera importado que se perdiera.

En el comedor duele cuando vienen llorando a pedirte algo para comer, escuchar como una frase diaria no he comido, y no saber qué hacer, porque yo tampoco tengo para ayudar cuando de arriba nos quitan todo.

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