miércoles 15 de mayo de 2024
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Las piernas flacas de la nena asoman desde la escalera, veo un recorte desde el sillón del living. Solo pedazos de piernas bajando como pisan las gaviotas sobre el agua. Un peso imperceptible. Y sin embargo, en mi día que mi hija camine sola, que se levante de su cama, que sea capaz de usar su cuerpo es una manifestación importante: Dios es visible en esos actos diminutos. El hambre en sus tripas, la lengua nombrando lo que quiere, la autosuficiencia para proclamar la necesidad de protección y asistencia. MI hija es una y es también la otra que ya es grande pero me escribe sus planes, sus frustraciones, me interrumpe mientras escribi con pedidos que me agobian, me sonrío con su frescura para descarriarse. Mi hija y yo en otro tiempo, una repetición en nuestros pelos, en los brillos del lavado bien hecho, en las cadera con el hueso apenas saltado como para notarse contra la pretina del jean.

Salimos a la ruta. Por la ventanilla del auto, señalamos las vacas bajo un puente, el bebé emite el sonido de la eme sostenido con una vibración de abeja o de motor, algo que mueve el aire que respiramos juntos sentados en el asiento de atrás. Vemos la nuca de su padre desde atrás, los pliegues rojizos del cuello y el pelo que se acuesta encima, los lunares como las cintas mojadas en un tendedero. Este es el hombre que más amo, pienso y no digo nada porque siento que no es necesario romper la calma. Podría no mirar los detalles, abstraerse en la pantalla, avanzar con los textos pendientes, con los inicios ilegibles, con los libros siempre abiertos, responder correos pero las voces de nuestros hijos señalan lo que vemos: caballo, túnel, agua, un barco inmenso, papeles que se levantan como patos, enredaderas que montan los arroyos, canoas pudriéndose.

Los dedos señalan las cosas, la boca balbucea, erra en sílabas, hace música nueva con las resonancias viejas que nadie estima. Si tuviera que alzar un altar, sería este: uno que se fugue del asedio, la proyección de todos los campos como bocas enormes que tragan el auto.

El pequeño refugio, los ecos de las voces que suenan nuevas, el recuerdo de los viajes en la infancia. Miro las cruces de dedos entre las manos chiquitas, los juegos de las palmas abiertas como aplaudiendo juntas, mi hermana me peinaba cada mañana, cantaba mesú de la juventud, desfilaba la ropa que se iba comprando nueva, el perfume de su pelo largo, mi hemano Tavi me buscaba de las primeras salidas, siempre tenía el auto limpio y la camisa impecable, Fer me enseñó a trepar para no caerme en el agua de El Espinillo, el filo del peligro, la emoción de los riesgos, Gastón me enfrentó a todo lo que no quiero, un espejo violento que recupero en mis enojos. Tengo tres hijos que se aman, que quiero que se amen, que alimento con palabras indulgentes para que entre ellos haya perdón. De pronto el concierto de noes. No quiero comer. Mamá me volqué. Ella me peleó. No lo hago más. La estampida de problemas domésticos: estos puños llenos de mugre, los nudillos rabiosos refregando la tela para no romper ninguna otra cosa de la que arrepentirse luego. La casa es un incendio de hormigas que suben por los cuellos: en todas las bocas arden reproches. Por grande o por chicos, por exceso de cuidados y de descuidos. Un viento que sopla encima de los naipes. Ardemos. Un mármol implacable sobre la anterior paz.

Nos morimos y matamos en pronunciaciones y en silencios. Esta es mi casa, el sacrificio necesario de la ceremonia, la sangre en la nariz asomando después del empujón y otra vez, los pies en punta. El recorte de alguien que baja por la escalera, el asombro de la calma. Como si nevara milagrosamente, nos tomamos de las manos y friccionamos las partes frías de la piel. Templamos como chocolate volcado en una mesada a la temperatura justa de las voces. Otra vez, esto es el piso del lenguaje que habitamos: el techo sin goteras, las flores con sus tallos en agua limpia, las espinas lejos de nuestras palmas.

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