miércoles 3 de abril de 2024
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Solamente cuando clavo los ojos sobre algo, es que lo recuerdo. Quiero decir que no es importante mi memoria, sino lo que me hizo mirar con atención: un paisaje, un tono en la voz, un rasgo, la fachada de una casa, la forma en que los hongos florecen en un árbol. Me gusta eso, saberme espía de las pocas cosas que he podido ver durante cuarenta años y los ojos que miré para ver siempre. Pienso en ojos y vienen nombres, direcciones, ciudades, cables cortando el cielo, brotes, aromas, humareda, escarcha contra las puntas de las botas. Una serie de percepciones sentidas por haber usado la vista. Un solo sentido y el mundo se abre sin tiempo.

En mi barrio suelo ver a una mujer ciega que camina con un perro que la escolta y un bastón que tambalea entre las veredas y la pared. Levanta la punta de la nariz como me enseña mi profesora de pilates cuando estiramos los huesos. La mujer va y viene, escucha los autos en las esquinas, agudiza otras percepciones, supongo que imagina las sombras que cruza. Supongo que sobre ella nuestros cuerpos son manchas que no tienen importancia.

John Berger decía que la vista llega antes que las palabras “el niño mira y ve antes que las palabras”, me gusta esa secuencia, miramos como chicos ansiosos por nombrar.

Francisco, el verdulero, acomoda las frutas por color. Un pantone que asombra por el lustre. Muchas horas pasa agachado con su cuerpo de oso y un paño en la mano, refriega cada manzana, cada berenjena, cada ciruela. Cosas rojas hasta volverse casi negras. Con el movimiento va espantando moscas, pelusas que flotan dentro del local chiquito y oscuro. Francisco es inmenso entre las frutas que cuida como a joyas. Vende sobre todo en la puerta, en la vereda que angosta con los cajones acomodados cada día sobre las paredes y con la exhibición artística de esa muestra de arte que sin querer queriendo logra con las frutas cuando son buenas. Por eso frenan los autos, porque ven las tonalidades de las cáscaras resplandecientes, una llamada sin palabras. Es Francisco el que me ve y me interrumpe, dice que esos hongos crecen cuando llueve mucho, estoy a pocos pasos de su negocio y me ve parada frente a un árbol. Atrás mío un cítrico me da sombra, en algunos meses los dueños de esta casa, que queda mi espalda, dejarán que las toronjas caigan en la calle y que los autos las pisen hasta convertirlas en un puré agrio. Nos reímos de mi asombro. Seguiré buscando cosas para descubrir en silencio.

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