lunes 10 de junio de 2024
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Hago preguntas a mi madre, sé que olvidaré ciertas respuestas pero insisto: dame todos los nombres de tus abuelos, ahora abuelas, ahora hijos de ellos, por qué los apellidos cambian, a qué edad murió ese, por donde vivían, de donde habían venido, no tenés fotos.

Como si estuviera midiéndole la memoria, espero que su voz no falle. Ella amplía las ramas de ese árbol que crece invertido. Las raíces quedan a la luz, sobreexpuestas a los días de sol, nosotras frondosas permanecemos en los ecos con la penumbra de fondo.

En su boca a sus hijos nos acomoda como a pájaros: los cantores, las rapiñas, los nidos caídos, las plumas y el cogote revoleado como el de una galina.

Existe amor en lo que nombra. Aún con crudeza.

Nacieron así, sin ninguna cirugía ninguno de los cinco dejó marcas en su cuerpo, pero Fernando cayó de un techo y se abrió la nariz, Tavi quedó abajo de un camión, entre sus ruedas, después el otro accidente, sus ruegos, vos la clavícula, de una hamaca el tabique, Cari siempre trepaba, igual que tu hija, unas ardillas haciendo caer nueces para que las partamos, un centro dulce.

La boca socava las tragedias, huesos viejos se limpian con su lengua: lustremos nuestros muertos, hija, para vernos como en el agua de un lago. Los movimientos de los pájaros que hunden la cabeza en la pesca, las ondulaciones que deforman el pasado, el vuelo que nos despega. ¿Sabías que las plumas de los patos no se mojan?

Madre geóloga, con su cepillo excavando las respuestas que olvidaré

para mantener encendida sus parábolas, como a la única brasa que enciende las velas de todos estos altares.

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