sábado 20 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones amorosas

Celebraciones y desplazamientos

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El menor cumplirá un año esta semana, encendimos siete veces una vela que estaba en el cajón de cosas viejas de cotillón. Cantamos el feliz cumpleaños juntos en la mesa después de comer, volvimos a entonarlo con mi hermana y Francisca en el living a la tarde con vasos plásticos vacíos y platitos rosa. Cortamos una torta de verdad, comimos como en una fiesta. Hablamos de estos ensayos con la familia y los amigos que ven en fotos esta ansiedad y quieren reírse de algo entonces comentan. Nos enseñamos a aplaudir como focas junto a un nene que nos mira casi siempre serio. No importa la fecha precisa, importa sí lo que esconde y lo que revela. Una alegría súbita por el paso del tiempo pero sobre todo, por el tiempo disfrutado, por haberlo mirado tanto sin advertir los cambios más que por las cosas de afuera: la campera más grande, el pañal cambiando de taller, los dientes afilados, el flequillo cubriendo la frente.

*

Todas las veces que pasamos por la esquina de Paraguay y Libertad, Daniel me señala un árbol y me dice “es impresionante”. Yo lo miro y sigo en silencio, ayer le dije ese árbol te gusta porque es igual a vos. Es un gomero y lo mejor que se haya escrito sobre ese árbol y alguien que lo mira mucho, lo hizo Estela Figueroa en un poema que se titula Gomero. Dice:

De entre todos los árboles

que miro en mis caminatas

prefiero el gomero.

Quisiera parecerme a él.

No se pierde en dádivas de flores.

No sucumbe a las tormentas.

Da sombra al fatigado.

Sus hojas de un verde intenso

son fuertes, nervadas y lechosas.

La raíz es profunda y se extiende desaforada:

levanta veredas

resquebraja paredes.

En el invierno las hojas

se tornan de un amarillo purísimo

y caen una a una sobre la calle

como lágrimas

de un enorme Dios que llorara.

Me gusta la tranquilidad, antes vivía en una adrenalina de cosas desesperadas, hacer el trabajo pero también reñir con exigencias sociales. Ahora dedico mis horas solo a lo sustancioso: mirar para escribir, leer para experimentar otras vidas, criar a mis hijos y amar.

Hace unos días, mi hija mayor me mandó desde la playa unas fotos de ofrendas al mar. Las imágenes tenían copas, flores, santos, algunas tenían piedras cristalinas, caracoles, copas de cristal morado y collares de piedras. En su recorrido al atardecer, frenaba frente a los intrascendentes altares a sacarle fotos y después me las enviaba para que yo viera, pensara, escribiera. Las formas de permanecer y de compartir son para mí también otro santuario íntimo entre nosotras, entre los muchos, muchísimos y excesivos momentos juntas, estas perlas de abrir el espacio y el tiempo, lustran el desgaste del vínculo, pulen las palabras, los modos de mostrarnos el mundo. Una distancia necesaria para acercarnos más. En otro de sus días, mandó imágenes de una edición brasileña del diario de Frida Kahlo con papel color e ilustraciones y su letra manuscrita. En una página puedo leer: “Yo quisiera poder hacer lo que me dé la gana detrás de la cortina de La Locura. Así: arreglaría las flores; todo el día, pintaría: el dolor, el amor y la ternura. Me reiría a mis anchas de la estupidez.” Entre las hojas laminadas en primera plana, las uñas largas de mi hija, un recorte de sus piernas hasta el piso de mosaicos de la librería, los flecos del short de jean, las curvas del cuerpo. No hay nada moviéndose en lo que veo, y sin embargo las cosas no parecen quietas. O bien me moviliza lo que crece entre las imágenes, una hija y una madre, los deseos de una artista, el amor atrás de escena. Después, desde su teléfono llegan fotos de platos de cenas, bandejas con cosas del mar cocidas, mariposas inmensas sobre árboles. Las celebraciones del amor con su novio, la persiana por donde me permite ver esa parte de su alegría, la tranquilidad de saberla querida y queriendo serlo. El reposo de mis preocupaciones sobre ella, un morro y el mar, la vegetación cayendo y la espuma que baja hasta perderse.

En casa, Francisca tiene un ritual con el padre, entre ellos traman cada domingo cómo sorprenderme con un ramo de flores. Siempre entiendo cuándo llega el momento, me gusta el invento de la sorpresa que ella también quiere creer. Alguna vez tira el ramo como una novia hacia atrás, otras lo deja con las manos abiertas como soltando un pájaro, otras lo azota y juega ser bateadora. Todas sus fases tienen alegría. Un código que se descifra entre tres, aunque ahora el chiquito también quiera participar de la ceremonia, ella protagoniza la escena y nos deja los personajes secundarios. Francisca y el ramo de domingo sin pascua, con puro goce y una actuación desopilante. Pienso en el amor y sus exhibiciones, la jactancia prolija de los menúes, la desfachatez de la infancia para pisar el suelo solemne hasta borrar las iniciales y hacerlas garabatos. Todo el amor se vuelve un nuevo amor. Como el mar que siempre es nuevo. Este año, cuando Francisca lo conoció, corrió hasta la orilla y volvió como un barrilete sin piola, impulsada por la energía que no podía contener, vino de nuevo hasta nuestra lona, decía algo que no alcanzaba a escuchar por el viento, cuando la tuve frente a mí siguió como rezando: “ay que me muero de amor”. Y sí, pensé. Los dedos de los pies apenas habían rozado el agua que iba y venía, la lengua salada pronunciando lo que estoy segura que repetirá los años que dure su vida. Los años que desplacemos nuestros cuerpos por los nombres que amamos.

*

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