*

En la bandeja de entrada un mail institucional de una capacitación informa sobre el acceso a su canal de youtube. Está escrito con un tono amable que desdibuja la rigidez de las plataformas, usa el verbo “agradecemos”, usa “damos la bienvenida”, “saludamos”. Leo y sigo las indicaciones, me gusta poder estudiar lo que quiero desde mi casa y en los huecos que me deja la maternidad, el trabajo, la escritura. Después el celular empieza a encenderse. Otro correo y otro más. Uno dice “bueno, gracias”. Otro “ok”. Otro consulta por el enlace. Bloqueo a los usuarios que vendrían a ser mis compañerxs. Refunfuño cómo es posible que incluyan a todxs los destinatarios en su consulta particular.

*

Sol es una estudiante que además trabaja todas las mañanas cuidando a un chico. Por la tarde cursa una carrera en la universidad pública. Tiene tan buen promedio que accede a una pasantía. Le toca ir todas las semanas durante tres meses a oficiar de guía en un museo de la ciudad. Sale de cuidar a Pedrito, come algo rápido y llega, revisa las salas, consulta a las trabajadoras del lugar que son de la planta permanente, aprende todo lo más que puede para que cuando llegue un turista se enamore del lugar. Termina su horario y empieza el del cursado, va a la facultad. Sol pensó que esa experiencia le servía porque además de aprender iba a trabajar, por ende tener otro ingreso, pero el sistema no lo contempla. Es decir, su pasantía termina siendo un castigo, algo que le quita tiempo de estudio, que la agota, que le incomoda su rutina, que en una semana aprendió lo máximo posible porque la estructura es chica y se aplana. Y la aplasta.

*

Acompaño a mi hija al Pozo, tiene que preguntar por un trámite que no puede hacer desde el SIU Guaraní. Dos chicos están con las rodillas sostenidas en una mesa, son los representantes del centro de estudiantes. La reciben y le indican con quién hablar. Sube a la oficina de asuntos estudiantiles. Una chica tiene desparramados unos bizcochos en el escritorio, en la pantalla de la pc hay ofertas de inodoros. La miro porque en un momento de mi vida, cuando se construía mi casa, me enteraba de los modelos y formas, de los precios exorbitantes de los inodoros que tenían determinada característica como una bajada casi recta desde el asiento hasta el suelo, el peso de las tapas, los tipos de botones y de mochilas. Ella me ve y cierra la ventana de la computadora.

Mi hija le explica por qué está ahí. Ella busca su nombre y apellido, le mira la historia académica, hablan con nombres de materias que no conozco.

Desde el vidrio los árboles desparraman los rayos del sol sobre las caras y mueven manchas de sombra. Me distraigo y vuelvo. Escucho la voz que mi hija tiene cuando está por llorar. Las madres conocemos el llamado, el reclamo, el grito, la risa, el susurro, el dolor atragantado, la angustia y la impotencia. Todo un catálogo que parece extraño como la lista de inodoros, como el abanico de las pinturas de un mismo color. El sistema está cerrado. Las posibilidades de consulta fueron durante el día mencionado. Ese día las hice y nadie me respondió. Quedó todo registrado en el foro, en los correos, en la nebulosa de la tecnología en donde son números de matrículas sin nombre, ni huesos. Escucho y no intervengo porque no es mi asunto pero se me levantan hasta las pestañas como espadas que se lanzarían contra la voz de gps que repite sistema, sistema, sistema.

*

La escuela de Carli es pública, en la materia prácticas educativas proponen ir a la feria de las carreras. Miro el noticiero y busco su cara. Le mando un mensaje y recibo una foto con una risa que se escapa del borde. Llega a casa y le pregunto si le gustó, me dice “me emocionó, me encantó, me daban ganas de gritar”. Es expresiva siempre pero esta vez hay algo que con mis años olvido: las ganas de que llegue el futuro, el deseo de levantarlo sin saber hasta dónde puede llegar, la fe en lo que viene.

Carli sigue con sus cantos y su prisa. También trabaja para ayudar a su mamá con los gastos de ropa y salidas. Le gustan las fiestas con chicxs de su edad, la ropa urbana, los pantalones anchos y los tops cortitos, los anteojos que son como un antifaz, un rayo horizontal eléctrico de onda que deja ver su mirada pícara cuado los asienta en la nariz. La juventud mutando en su cuerpo flaco y fibroso. El ombligo sin aros, la piel sin tatuar. Todo está por escribirse en ella.

Para seguir a Belén Zavallo en redes sociales:

Instagram: @belenzavallo

Facebook: Belén Zavallo

Twitter: @MBelenzavallo

Comentá y expresate

Lo último

Encuesta

¿Estás de acuerdo con que el horario de cursado se extienda una hora?

52.23% Si, estoy de acuerdo
47.77% No estoy de acuerdo
Total 6401 votos

Las Más Leídas