Las burbujas empezaron a salir casi en simultáneo. Yo regué al bicho con sal, agarré el mismo frasco que a la noche había usado para condimentar las verduras que comió Francisquita pero ahora, en la mañana gris de este viernes la sostuve a ella envuelta con el brazo izquierdo y con el derecho me concentré en que el paso lento del caracol primero pasara por donde volqué sal y se sazonara la panza y luego le llovieran los granos blancos. Empezó el show de la efervescencia que miré sin piedad. Unos lunares ahuecados en las hojas de las calas, unos tallos pelados en los malvones, otros mordiscos en los agapanthus, el nacarado de la baba en el tallo del limonero, en las palmeras, las antenas asomando en cada maceta me mantuvieron erguida en la consumación de la venganza. Pensé en las películas cuando alguien sostiene la vista mientras ahoga a otro y mira fijo hasta que el aire del cuerpo deja de llenar el agua con bolas que suben iguales que el vaso con soda. Mi papá siempre servía con fuerza el sifón y volcaba. Esa erupción también me daba bronca. La torpeza distraída. La despreocupación por la mano que limpiaba. Una serie de asociaciones que no tenían nada que ver con mi enojo con los bichos que a simple vista hasta me parecían lindos. De chica con Sandra nos sentábamos juntas en la escuela. Desde jardín hasta sexto grado. Ahí noté que cada tarea me copiaba también la ilustración. Hacía casas de hongos con pintas blancas y puertas, el techo con chimenea y un humo que nadie analizó, en ese jardín Faber Castell apitufado andaban siempre caracoles con sonrisas. Un día le dije que ya no daba para más, la maestra que se llamaba Verónica y era joven y alta, insinuó que yo siempre le copiaba a Sandra. Las dos sabíamos que ella iba a casa a la siesta a jugar cuando la mamá llegaba al laboratorio de Dabín a trabajar de secretaria y que el papá estaba en el campo, como ella vivía atrás de las vías, a mí no me dejaban que fuera, entonces la invitaba y ahí le mostraba la tarea o le explicaba igual que a Flavito o a Lucía que sí vivían cerca de casa. En realidad en Viale era difícil vivir lejos porque era tan chiquito, que la distancia tomaba otra dimensión. Diez cuadras era estar en la otra punta. Mis padres salían a caminar a la entrada de la ciudad. Una vena ancha que llegaba en siete kilómetros hasta una bifurcación en la que en el centro quedaba como una porción de pizza un triángulo con un monumento. Era algo así como un alambre grueso enrollado con un tipo sosteniendo una carretilla. No lo sé pero me gustaba acompañarlos y trepar y enredarme entre los huecos. Siempre me quedé creída de que la había hecho Aníbal Dagostino, que era el único artista plástico conocido, que además también daba dibujo y teatro. Tenía el pelo largo y era flaco. Todos se lamentaron cuando murió porque además era bueno. Su casa era la casa de arte y quedaba frente a la avenida en la que Pico Pato estaba siempre con la camisa sucia desprendida, el pantalón desvencijado y el tetrabrik en el suelo junto a otro viejo canoso que nunca supe el nombre, Pico podía ocupar ese banco o el que quedaba más frente a la ypf pero ahí siempre se sentaba La Paloma, una mujer flaca con algunos dientes oscuros que decían que se prostituía pero a mí me daba pena porque era gris como esos pájaros y fea y había palomas en abundancia en muchos lugares pero ella se exponía bien en el centro. A la avenida esa le decíamos “la Bienvenido” porque empezaba donde terminaba el camino de entrada (o salida) a la ciudad y tenía un cartel con flores sobre un montículo de tierra. Ahora no sé cómo le dicen pero nosotras íbamos con el tereré y nos sentábamos los fines de semana en el cordón y cuando pusieron los semáforos veíamos a los que nos gustaban que daban vueltas en moto o en el auto que le prestaba el padre. Paraban con la música fuerte y los vidrios bajos, algunos escuchaban los redondos o se sentía vibrar el pogo de dame un poquito de tu amorrr de los piojos, otros que no nos interesaban se movían con la cumbia de ráfaga que sí bailábamos adentro del boliche. Siempre tuvimos un boliche, El templo que lo había abierto el Pichi. El Pichi tenía un jeap amarillo y le colgaba banderas, subíamos algunas veces atrás con remeras con el slogan que nos vestían de grandes y libres. Él manejaba y subía la publicidad que salía del parlante. Daba vuelta por la plaza San Martín, nuestra escuela, la iglesia, la policía, el correo, el banco de Entre Ríos todo eso en una sola manzana, después seguía hasta la escuela normal o la calle que terminaba en el hospital. Nunca nombramos a las calles por sus nombres, hay referencias que son más puntuales, al lado de la panadería de Fabito, frente a la casa de fulano funcionan mejor. Ninguna plataforma sería más precisa. En el banco trabajaba mi papá. Vuelvo a los caracoles y a su parsimonia. Ningún bancario nace ágil. Todos demoran millones de minutos en llegar desde el fondo hasta el mostrador, en acomodar la cara hasta verte, en mover el cuerpo hasta la disposición correcta, en iniciar el trámite, en responder la consulta que nunca escuchan bien, en dar la respuesta que jamás es clara y práctica. En la época de papá fumaban adentro, yo solía ir sola a buscar caramelos o a pedirle hojas usadas para dibujar, me mareaba el olor a los camel del gerente, había como una nube de humo desde donde aparecían como ángeles caídos, en una gran oficina cuadrada con perímetro desde el que ellos (los empleados) llegaban sin alas ni áurea. Las hojas eran apaisadas, o estaban enganchadas así de costado, acostadas, dormidas y tenían un lado sin imprimir números, ahí dibujaba también los hongos y los caracoles. En esta mañana húmeda en la que termino de regar con sal estos bichos para que dejen de comerme las plantas y miro la espuma que van formando pienso en mi pueblo. La memoria también deja un rastro brillante por el que me arrastro. La memoria también burbujea, explota en globos o queda ahí tornasol esperando que la lluvia la lave.

Comentá y expresate

Lo último

Encuesta

¿Estás de acuerdo con que el horario de cursado se extienda una hora?

52.29% Si, estoy de acuerdo
47.71% No estoy de acuerdo
Total 6682 votos

Las Más Leídas