En un auténtico manifiesto de cómo piensa el rol de las fuerzas armadas,el Gobierno nacional publicó en los últimos días el nuevo reglamento para el uso de armas de fuego, que habilita, entre otras cosas, a disparar cuando una persona que delinque -o se presume que lo hace- escapa.

No se trata de otra cosa que de la materialización de una forma de pensar y obrar sobre la inseguridad. No busca en absoluto la raíz del problema -marginalidad, pobreza, exclusión-, sino que ataca el barniz, estigmatizando al pobre y dándole libertades a fuerzas que nunca supieron de límites, pero que al menos antes no contaban con un discurso oficial que lo avalara.

La Casa Rosada viene de un paso en falso importante, cuando Mauricio Macri recibió en su despacho al policía Luis Chocobar, a la postre procesado y pronto a ser enjuiciado por haber fusilado a un delincuente por la espalda en la zona de La Boca. Al margen del evidente exceso de violencia, el gobierno intentó mostrar una foto: se respaldan este tipo de acciones.

La represión ilegal en la Pu Lof de Cushamen de Chubut, contexto en el que murió Santiago Maldonado -que aún no está claro- y el asesinato a sangre fría de Rafael Nahuel por parte de un prefecto en Bariloche -ambos casos con amparo político- son una demostración clara de que, darle rienda suelta a ciertos espacios represivos puede ser muy peligroso.

El brazo operativo del aval oficial a la represión desmedida es Patricia Bullrich, ministra de Seguridad de la Nación. Si nadie se imaginaba ya en 2015 que pudiera ser de nuevo funcionaria luego de haber recortado sueldos y jubilaciones en la Alianza liderada por Fernando De la Rúa, mucho menos era esperable que se la sondeara como vicepresidente de Macri en una eventual fórmula de 2019. Todo a 10 días de no haber podido garantizar que se escolte un colectivo, motivo por el cual se suspendió un partido de fútbol que miraba el mundo entero.

Pero a Cambiemos le importa fidelizar el voto. Y por eso apuesta a la mano dura, esa que alienta la sed de "bala", de "plomo" sobre el pobre. Hay que valorar la coherencia de su modelo: a la generación diaria de desocupados y nuevos marginados, consecuencia de una economía que no para de caer, una industria vapuleada y una inflación imparable; se le suma la represión sobre el que tiene nada. Ese que ayer trabajaba. Y que hoy no lo hace más.

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