Desde chica que los espacios cerrados me marean, cuando viajaba en auto de niña iba siempre con mi madre al costado y ella con una bolsa por si me descomponía. Bah, ella con las cosas para mi inminente malestar. Es el primer julio de mi vida que me percibo sentada atrás en un auto que no llega a ningún lado. Hay cosas que son de adentro, tiempos de la salud, procesos lentos que se mueven con el ritmo de la arcilla cuando está metida en la tierra.

El sábado pedí ver el río. Respiré como abriendo branquias, como si fuese un surubí. Llevé un libro que leí apenas ahí porque el paisaje es otra cosa que exige la mirada. En la orilla hay patas de pájaros en la arena, árboles que se mueven sin parar y que por eso parecen siempre quietos, canoas secas como troncos, hombres remando con el movimiento de quien busca el tiempo en un reloj, moscas tornasoladas que aprietan las patas contra los restos de cosas horribles, abajo del muelle una gallina degollada, un cuerpo de perro flotando muerto en el río.

Todo lo que veo, aunque lo haga con frecuencia, me maravilla y asquea.

Busco el aire. Bajo las ventanillas. Empujo el sol con la punta de la nariz. Hay algo en la piel que se mueve cuando las cosas brillan.

Hace poco supe que mamá gasta treinta mil pesos en remedio por mes. Me pareció impresionante y necesario decirlo, repetirlo, hacerlo visible. Después hablamos de cosas que hacen bien como salir a caminar, como pelar una mandarina en el pasto, como cerrar los ojos frente al viento, como romper hojas por la nervadura y sentir la clorofila entre las uñas. Mamá siempre encuentra la bolsa para que no todo sea un desastre.

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