I

El viejo sale a la vereda de su casa, se pone a hablar con el policía de la esquina y le bajan cucarachas desde adentro de los pantalones. El cana jovencito da unos pasos hacia atrás. El asco retrocede también los gestos de su cara. El hombre mayor vive solo. Cierra la puerta deshecha con siete candados. Los vuelve a abrir. Aprieta las bolsas de basura encimadas que tiene en la entrada tapando los agujeros de la madera. Se tambalea con las baldosas flojas y levantadas por las raíces de los árboles. La puerta está pintada de un verde también viejo, como de botella gastada entre pastos. El viejo se rasca la cabeza. está lleno de canas pero no puede tener el pelo blanco entre tanta mugre. La escena sucede en un barrio. Podría ser también un paisaje de algún relato de Mariana Enríquez.

II

Cuatro perros ladran sin parar desde el jardín frontal. La puerta a la calle está centrada entre columnas que dejan asomarse los hocicos. Hay una, dos o mil enredaderas que suben hasta los postes de la luz y que abrazan los cables. Todavía no distingo el rostro de la mujer que vive ahí. Sé por su cartel que vende hierbas, aceite de cannabis, remedios caseros. Los autos paran al frente y encienden sus balizas. Alguien siempre baja rápido y mete la mano por la reja, ahí imagino el intercambio entre la compra y el dinero por la venta, quizás una esquela con las indicaciones escrita a mano con letra cursiva. Los perros vuelven a ladrar mientras se alejan los cuerpos. La siesta se trata de desentrañar de cuál es cada alarido. ¿Cómo es la voz de un animal? ¿Qué hace un perro con su lenguaje?

III

Cada tanto la casa vacía de al lado se convierte en taller mecánico. Esos días el barullo es masculino. Encienden motores y las órdenes rebotan contra el techo de chapa. La ventana de mi habitación recibe sin alegría el eco, la resonancia, la tos, el silbido de una melodía tanguera, el humo de los cigarrillos. Cuando era chica el mecánico de mi barrio se llamaba Jorge, mi papá solía ir de tarde a charlar. Cuando cruzaba en bici porque iba al quiosco de Estelita a buscar Bubaloo de banana, paraba a saludar. De fondo había colgados algunos afiches con mujeres semidesnudas. Siempre me impactó el olor del aceite sobre el cemento. La mezcla de tierra y nafta. Las manos calcadas negras en los costados del pantalón. El recuerdo es otra mancha que refleja colores como la pérdida de combustible. Hay siempre un destello en la memoria.

IV

El verdulero tiene el labio leporino, es alto y amable. Cada vez que voy con mi hijita se agacha y le dice hola Franchi. Ella le pide tomatitos cherris. Lucha por comerlos sin lavar pero mi toc con la limpieza pelea hasta distraerla con una bandeja de arándanos. Entonces grita “futos rojos” con la erre débil pero con las piernas balanceádose de alegría. El verdulero elige cada pieza para mostrar en los cajones. Pone las manzanas sin machucar frente a un rayo que replica el brillo. Quita cada papa podrida del cesto enorme que está junto al de los zapallos y calabazas. Alimentos más groseros, menos estéticos, carentes de delicadeza. Siempre compro para la sopa, para el puré, para hacer fuerza contra la tabla de madera y desgajarlos. El filo de la cuchilla se marca como una ruta. Una línea que toma el color de lo tajeado como una vena en el brazo cuando alguien la ajusta para sacar sangre. Mamá siempre me escribió notas con lo que necesitaba que compre y me daba una bolsa roja de red con manijas. Yo iba al súperday y buscaba cada cosa que decía la esquelita. Después miraba los chocolates o las Yolibel y le pedía a Juan Carlos que anotara eso que llevaba demás, como un premio auto otorgado.

V

Poema de Silvina Giaganti

LAS COSAS SE VAN CON VOS

En las fotos familiares que guardo

estoy arriba de un triciclo, una bici, un auto a

[pedales.

Tenía ocho, nueve años y a mi papá le pedía

que me llevara a andar en bici, en karting, en moto.

En el Italpark me gastaba la chequera de los juegos

en la pista de Indianápolis

me estaba preparando para un movimiento

que ahora veo no termina nunca.

A los 20 me fui de casa

porque del barrio hay que irse rápido.

El 98 por ciento de las familias son disfuncionales,

[mi papá

traía plata a casa pero cenaba

en otro cuarto y cuando subíamos

al colectivo se sentaba lejos de mí

aunque tuviera espacio.

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