Cada vez que una mujer se anima a contar que fue abusada sexualmente hay un comentario que se repite como un eco: "¿Y por qué no habló en su momento?Ahora resulta que todas fueron abusadas". Andrea respira profundo cuando escucha la frase. Ella -como muchas víctimas que se convirtieron en sobrevivientes- fue abusada por un familiar directo, en su propia casa, desde los 7 años: la edad en la que una nena empieza segundo grado. Su historia, de principio a fin, es la respuesta a ese cuestionamiento.

"Mis papás se separaron cuando yo era chica. Quedé viviendo con mi mamá y mis dos hermanos en un departamento de dos ambientes, en Floresta. Mi mamá dormía en el living y nosotros tres en la habitación", comienza Andrea Mila (32), que es diseñadora de indumentaria, estudiante de Psicología social y militante por los derechos de las mujeres, niñas y niños.

"No sé específicamente cuando empezaron los abusos, pero tendría 6 o 7 años. Mi abusador era mi hermano mayor, que ya era adolescente. Mi mamá trabajaba todo el día, estaba muy ausente y en mi casa no se hablaba, ni siquiera de la menstruación".

Sucedió todo lo que suele repetirse en el abuso sexual infantil. Su hermano le pedía que se tocara la vagina mientras se bañaba. Que mirara pornografía a su lado mientras él se masturbaba. Hasta que empezaron los tocamientos.

"Me decía que era un juego, que otros también lo hacían, y que era un secreto entre nosotros dos. También me decía que él me quería. Yo era una nena, no podía pensar que alguien que me quería era capaz de dañarme", cuenta a Infobae. A esa edad, además, no tenía ningún tipo de conocimiento sobre sexualidad y era incapaz de distinguir entre lo que estaba bien y lo que estaba mal.

Un año después de que comenzaron los abusos, su hermano del medio se fue a vivir con el padre. "Quedó un vacío mayor, ya no había otras miradas. Había quedado sola con él".Poco tiempo después, sucedió la violación. "Yo tenía 9 años. No sé bien hasta dónde llegó porque tengo un bloqueo enorme. Tampoco recuerdo si fue la única vez o si pasó otras veces. Creo que tu cabeza niega el recuerdo por una cuestión de supervivencia".

En la escuela, Andrea no dibujaba hombres con penes erectos ni se levantaba la remera: ningún indicio específico de una nena sexualizada. Sin embargo, era incapaz de prestar atención. "En esa época empecé a tener un flujo vaginal raro, que es un indicador específico de abuso, y mi tía me llevó al hospital. Recuerdo el miedo, rogaba 'que no se den cuenta lo que está pasando'. Eso es lo que te impone un abusador: sos el guardián de un secreto que nunca puede salir a la luz".

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No hizo falta que su hermano mayor la amenazara: la había manipulado tanto que la había convencido. No era cualquier hombre, era "la mesa chica" de la familia: se supone que de las puertas para afuera está el peligro y adentro de casa, la protección.

Así se fueron gestando el terror y la culpa: "Yo seguía en silencio. Y me culpaba. Pensaba ¿qué hice yo para evitarlo?". Los abusos terminaron cuando él se fue a vivir solo. Técnicamente, duraron 6 años, eso sin contar el alcance que iba a tener después la onda expansiva.

Andrea pasó 10 años sin poder ponerlo en palabras. En su omertá particular, hablar era quedarse sin familia. Recién a los 17, cuando empezó a tener los primeros acercamientos sexuales, algunos recuerdos borrosos aparecieron y la ayudaron a hablar. "Él se había puesto en pareja y se había ido a vivir a otro país. Recién ahí sentí una posibilidad de liberación. Poder hablar o no poder hacerlo no es una elección consciente, son mecanismos de defensa que las sobrevivientes adquieren".

Sabe, sin embargo, que hay mujeres que no pueden contarlo nunca. Un informe de Unicef llamado "Ocultos a plena luz", dice que 7 de cada 10 adolescentes de 15 a 19 años que fueron abusados nunca se lo habían dicho a nadie ni habían buscado ayuda.

"Me pasaba algo durante esos acercamientos sexuales. No sentía placer. Y en cada acercamiento revivía los abusos. Se lo terminé contando a él pero sin sentimientos. No tenía angustia ni enojo. Después supe que, para poder seguir viviendo, me había disociado. Parecía que estaba contando la historia de otra persona".

El joven con el que estaba saliendo no le dio demasiada importancia: "El quería tener sexo, no contenerme a mí. Eso pasó varias veces a lo largo de mi vida. Yo pensaba: '¿Cómo hago para explicarle a un hombre que para mí no es tan simple y que necesito tiempo, una contención mínima?'. Es difícil para un varón entender lo que le pasa a una mujer porque nunca les pasó. Ellos no viven con el miedo de que alguien te pueda violar o de que te manoseen en el colectivo".

Hasta que se lo dijo a su mamá: "Había empezado el CBC pero no iba. Estábamos peleando por eso y yo exploté: '¡Vos no sabés lo que me pasa a mí, yo fui abusada por tu hijo!'.Lamentablemente, no hubo contención. Me quiso llevar a terapia pero yo le pedí que ella también hiciera terapia para poder acompañarme. No lo hizo. No se volvió a hablar del tema".

A los 19 años, entró en una depresión profunda y abandonó los estudios. Y terminó contándoselo a su papá. Sin embargo, la palabra "abusos" sonó como un eufemismo débil funcional al silencio. "Sentía que era tremendo lo que le estaba diciendo pero del otro lado no fue recibido así". Cuando los padres de Andrea increparon a su propio hijo, el abusador minimizó los hechos.

En 2015, sin embargo, ocurrió algo que la empujó a cambiar el curso de la historia. Por un lado, comenzó a encontrarse con otras mujeres a las que les había pasado lo mismo y estaban luchando para pasar de ser víctimas a sobrevivientes. "Con ellas, el deseo de sanación conjunta era posible", recuerda.

En ese contexto, Andrea se enteró de que su hermano iba a ser padre de una nena. "Pensé: 'No quiero que esta historia se repita', 'no quiero que esa nena viva algo así'". Andrea tenía 29 años cuando lo denunció: habían pasado 22 años desde el primer abuso.

"Recién cuando hice la denuncia todo tomó un carácter más serio. Es como que si sufriste una violación, hasta que no denunciás no te creen", reflexiona. "No es fácil atravesar un proceso judicial. Tenés que prepararte psicológicamente, recuperar los recuerdos. Yo tuve suerte porque me respetaron pero hay otras mujeres a las que les preguntan si ellas lo disfrutaban". Andrea denunció a su hermano por corrupción de menores con acceso carnal agravado por el vínculo.

Había tomado coraje porque ya existía la Ley Piazza (impulsada por el diseñador, también abusado por su hermano) centrada, precisamente, en el tiempo que necesitan las víctimas de abuso sexual infantil. La ley permitía que el tiempo de prescripción del delito comenzara a correr recién cuando la víctima cumpliera la mayoría de edad. Andrea tenía 29 y el delito que denunciaba iba a prescribir cuando cumpliera 30.

Pero no sirvió, porque la ley penal no es retroactiva y la norma que estaba vigente cuando ella fue abusada decía que el delito prescribía 12 años después del último abuso: es decir,tendría que haberlo denunciado antes de cumplir los 25, en el epicentro de la depresión.

"Cuando sufrís una situación tan grave y no tenés acompañamiento familiar, lo único que te queda para reparar tu historia, es la Justicia. También poder unirte a otras mujeres para concientizar sobre este tabú. La denuncia no sirvió a nivel judicial aunque sí a nivel personal y social. Consideraron que el delito había prescripto".

Por estas falencias, la ley se terminó modificando en 2015 (se la conoce como "Ley de respeto a los tiempos de las víctimas, una iniciativa de la senadora por Entre Ríos, Sigrid Kunath, tomada como ejemplo en Chile). Desde ese entonces, una persona puede denunciar un delito contra la integridad sexual independientemente de la edad que tenga y de los años que hayan pasado.

En 2016, un año y medio después de la denuncia, su hermano se suicidó. "Cuando me enteré no sentí alivio ni tranquilidad, sino un peso enorme. Pero también sentí que se había sacado la responsabilidad de encima, como el femicida cuando asesina a la mujer y después se mata".

¿Por qué le costó tanto hablar? "Hay mucho peso del sistema familiar. Los secretos no tienen que salir a la luz para seguir teniendo el almuerzo de los domingos. En estas situaciones se ven los roles que ocupa cada uno en ese sistema. Por ejemplo, cuando hice la denuncia, mi mamá eligió acompañarlo a él".

Hay otras madres -las llamadas "madres protectoras"- que sí acompañan a sus hijos abusados aún a pesar de que las suelen señalar (incluso desde la Justicia) como mujeres resentidas que quieren vengarse de sus maridos o sacar algún rédito económico. "No sabés lo importante que es que te acompañen y, especialmente, que te crean. Esto puede ser determinante en la manera de enfrentar el trauma".

Andrea es parte del grupo de mujeres que llevan adelante una campaña contra la prescripción de los delitos sexuales. Además forma parte de "La Red" donde acompaña, junto a otras organizaciones, a cualquier persona que esté viviendo lo que vivió ella.

"Pude sacar la voz, darle importancia a lo que estaba sintiendo, hacer visible lo que se quería esconder bajo la alfombra. Una tarda en hablar porque genera mucho dolor. No es fácil asumir que el que te abusó y te violó es tu hermano", cierra. "Pero cada vez que hablo es un progreso. Sé que hay un montón de chicas y chicos a los que hoy les está pasando lo mismo y no saben qué hacer. Creo que hablar es una manera de darles voz".

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Fuente: Infobae

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