- “¡El celular!”.

La voz, firme, retumba en la precaria y pequeña "aula". Nico no necesita darse vuelta tras esa advertencia y sigue escribiendo cuentas en el pizarrón. Sabe que a sus espaldas, pese a sus 12 años, los alumnos le harán caso y guardarán el teléfono en el bolsillo.

Nico es Leonardo Nicanor Quinteros, el pibe que eligió ayudar a otros chicos de los humildes barrios Las Piedritas I y II, en Pocito, San Juan, “para que no repitan de grado”. Sólo tenía 8 años cuando comenzó a darle clases a dos primitos. Hoy, cuatro años después, 36 estudiantes asisten a la escuela “Patria y Unidad”, que él "fundó" en el patio de la casa de su abuela Ramona.

“Patria por los colores de la bandera y Unidad porque es lo que queremos de los niños”, asegura serio el “profe”, como lo conocen todos a Nico. Él también es un niño, pero con otras responsabilidades. Así lo decidió cuando el 7 de julio de 2014 le pidió permiso a Ramona para ocupar la piecita de atrás y allí abrió las puertas de "su colegio". “Aprendí sólo a enseñar”, le dice aClarínsin nada de soberbia y con mucha timidez.

Pocito es un departamento ubicado a unos 20 kilómetros al sur de la capital sanjuanina. Nico vive en el barrio Las Piedritas II con su abuela y llegar a su casa no es una tarea complicada para cualquier foráneo. Policías, maestros, kiosqueros y niños pueden señalar tranquilamente, con mayor o menor precisión, dónde está la escuelita más famosa del lugar.

“Es un barrio de gente humilde y laburante”, contó un agente municipal. “Muchos trabajan en el campo, cosechando uvas, aceitunas o lo que haga falta”, agregó después de dar indicaciones certeras para ubicar la vivienda.

Tras superar una puerta de reja que pocas veces está cerrada, hay que caminar unos 20 metros por un parejo camino de tierra y doblar hacia la izquierda para encontrar “Patria y Unidad”. En medio del trayecto se encuentra la puerta de ingreso principal a la casa de Ramona. Y a la derecha un pequeño galpón techado donde se mezclan desordenados muebles, cajas y colchones. Ese es el bunker donde Nico guarda los libros ante cada tormenta, que no es para nada habitual en esa calurosa zona sanjuanina.

“Patria y Unidad” no es una escuela convencional. No tiene, claro, reconocimiento oficial. Aunque tampoco lo necesita. Allí, en un pequeño punto de la provincia de Domingo Faustino Sarmiento, simplemente se enseña y se aprende. Y tanto Nico como sus alumnos no buscan otra cosa.

Las puertas son dos elásticos de camas viejas. Las paredes, de cartón, chapa y nylon. Adentro los espacios son mínimos: tres aulas, de dos por dos, divididas por telas que hacen las veces de cortinas. Cada sala tiene su pizarrón y un tacho de lata donde se guardan pequeños trozos de tizas. Hay un jardín de infantes, donde los niños se sientan en ladrillos alrededor de una mesa. “Vienen niños de dos años... Allí primero empiezan jugando”, explica con naturalidad Nico. Las otras dos aulas son para grados superiores (1° y 2° una y 5° y 6° otra). Afuera están los bancos para los estudiantes de 3° y 4° grado, además de un mástil con la bandera argentina y hasta una campana para llamar al recreo.

Nico cursa primer año en la escuela 12 de agosto. Porque el “profe” también debe estudiar. Por eso se levanta todos los días a las 7, se cambia, toma el desayuno y sube a su bicicleta para llegar al colegio.

A las 13 vuelve a casa, almuerza y una hora más tarde ya comienza con su tarea preferida: “Me gusta enseñar”, admite. Y abre bien los ojos cuando cuenta que ya le otorgaron una beca para estudiar el profesorado de educación, una vez que termine el Secundario.

Las clases comienzan a las 14 y terminan a las 18, aunque a veces pueden extenderse algunas horas más. La gran mayoría de los 36 alumnos son niños que buscan reforzar los conocimientos que adquieren en sus escuelas. “Pero puede venir cualquier persona, y no sólo los del barrio”, anuncia Nico, que también les ofrece a sus estudiantes una taza de té en invierno o un vaso de jugo en verano.

No es algo nuevo. “Cuando era más chico, yo le daba 20 pesos para que se comprara la merienda en la escuela, pero él gastaba 10 y con el resto le compraba algo de comer a sus alumnos”, recuerda su abuela con emoción.

Nico se toma su tarea muy en serio. “Están aprendiendo, no vienen a jugar”, dice. Quien puede dar fe de ello es Mirta Donoso, que tiene 40 años y es la alumna más grande de la escuela.

“A veces le pregunto si una cuenta está bien o mal, sino me pone un uno así de grande”, relata sonriendo esta mujer que camina más de media hora bajo el sol para llegar a la escuela. “No hay sombra, es un desierto”, agrega la madre de ocho hijos. Algunos de ellos también asisten al colegio de Nico. “Voy a seguir viniendo porque quiero aprender más. Mi sueño es terminar la escuela y ser alguien en la vida”, sentencia “Mimí”, quien debe contener las lágrimas cuando cuenta que ya puede escribir su nombre.

La historia de Nico se hizo conocida en mayo, cuando Ramona contó en una casa donde realiza tareas domésticas lo que hace su nieto y los medios comenzaron a invadir su casa. “Todo cambió mucho después de ese momento”, asegura el joven. “Fue una locura”, coincidió Alejandra (35), la madre.

Las donaciones, los premios y los reconocimientos se multiplicaron. También algunos viajes a otras provincias y unas vacaciones pagas a Mendoza. Sin embargo, aparecieron además algunas promesas que sólo quedaron en eso, como una conexión a Internet domiciliaria que aún brilla por su ausencia.

Aunque el sueño es mucho más grande. “Me dijeron que iban a construir un salón para dar clases, la idea es que el año que viene ya esté listo”, se entusiasma Nico. En realidad la promesa fue comenzar a levantar la escuela en septiembre, pero hasta ahora no hay novedades. Entonces Ramona se puso en campaña para cumplir el sueño de su nieto: fue a una delegación de Anses y sacó un crédito para comprar los materiales para comenzar a edificar la escuela.

Nico es el cuarto de cinco hermanos y cuando tenía sólo dos meses de vida sufrió un paro respiratorio. “Dios lo dejó nuevamente en esta Tierra con un propósito”, asegura convencida su madre. “Lo que hace es conmovedor -sigue Alejandra-. Comenzó como una travesura con dos niños y fue creciendo hasta convertirse en algo muy grande”.

Fuente: Clarín.

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